AYAHUASCA, MEDICINA DEL ALMA.

Cómo comenzar…

Ni lo entendí entonces ni lo entiendo ahora, pero supongo que la vida en ocasiones nos pone a prueba para que nos dejemos llevar por algo superior. Triste que no siempre escuchemos con el corazón.

Escéptico y con duda agnóstica me he considerado siempre una persona lógica y de mente racional, con un aprendizaje distante a lo espiritual, materialista y con una sólida creencia científica, convencido que solo lo demostrable en una pizarra podía ostentar como bandera e insignia la palabra verdad.

La vida vista desde ojos ajenos no iba mal del todo, al menos en lo que respecta a la idea que tiene la sociedad de ser feliz con base a la posesión. Si tenía casa, trabajo, familia y objetos para demostrar mi felicidad el derecho a queja era absurdo, pues lo tenía todo aunque por dentro sintiese pringosa la miseria. Entonces bajo un paraguas de duda lejano a la plenitud una repentina tormenta llegó en forma de una serie de catastróficas desdichas, y zarandeó mi existencia por completo. No me avergüenza admitir que había perdido toda esperanza de volver siquiera a sonreír, y envidiaba con rabia y odio quien de forma habitual era capaz de hacerlo. Quitarse la vida es y siempre será el mayor error que puede cometer una persona, pero supongo que haber llegado a entender tal desesperación puede resumir muy bien lo mal que estaba. Solo debían coincidir la unión de varios puntos en un momento determinado para acabar con todo. Era cuestión de tiempo y oportunidad. Tras la primera aparición de aquel sentimiento aún me esperaban tres largos años sumido en una profunda depresión. No hace falta describir la angustia que sentía, constante como el tiempo.

En este punto que me dejé guiar por varios terapeutas, con conversaciones continuas con una psicóloga y medicado hasta las cejas bajo la batuta de un psiquiatra, yo ya no era yo. Nada solucionaba el desorden que sufría debido a mis numerosos problemas, que habían llenado hasta el límite mi particular vaso de agua, y que sin más se desbordaba con cada minúscula gota. Las pequeñas pegas de vida que todos tenemos a diario a mí se me hacían insoportables. No era capaz de asimilar nada más, hundiéndome al mínimo chasquido. Y lo peor era que cuando pensaba que no podían ir peor las cosas, aún quedaba abismo por descubrir. No podía más. La enfermedad se agravaba sin control y era cuestión de tiempo que me destruyera por completo, haciendo un daño irreparable a mis seres queridos. Sentía una soledad absoluta y un vacío eterno, y solo ahora en la distancia tras emerger de la oscuridad puedo entender el riesgo que he corrido caminando tan cerca del barranco.

Por aquel entonces mi mujer, a la desesperada y como último recurso, decidió mandarme a un retiro con consumo terapéutico de Ayahuasca. Si a un conocido suyo le había ayudado, la posibilidad de que ocurriese lo mismo conmigo era un atisbo de esperanza. Por mi parte si soy sincero fue la curiosidad la culpable de que decidiera probarlo, pero nunca, ni en un millón de años, hubiese imaginado lo que ocurriría en mi interior tras la experiencia.

Fue un retiro que duró tan solo un fin de semana. Dos tomas en menos de cuarenta y ocho horas y ante mi asombro, aderezado con el momentáneo escepticismo de la gente de mi entorno, estaba curado. La venda de mis ojos había desaparecido. Así sin más, como si Dios chasqueando misericordioso los dedos hubiese decidido que ya estaba bien de ver la vida a través de un cristal empañado. Fue un terremoto mental y un mazazo en la mesa que tiró todos los platos al suelo. El aliño de la ensalada derramada bajo mis pies corroía el suelo y caía por el agujero. Una caída hacia un mundo desconocido que no reconocía. Un extraño camino hacia la sanación.

Podría escribir un libro de mil páginas con todo lo que pude ver en aquellas dos noches, la primera terrorífica y la segunda maravillosa, pero eso no sería lo importante. Aquí da igual describir los planetas y galaxias que visité, los colores increíbles que saboreé en plena sinestesia, ni las visiones que tuve, ni tan siquiera esas que en contra de toda lógica se hicieron realidad. Incluso el ojo de aquel ser, cuya dimensión superaba Universos y que tan solo en pestañear tardaba millones de años, espectáculo que me perseguirá toda la vida y que me hizo sentir tan pequeño como la vida de una mosca puede asemejarse a la nuestra, carece de importancia. No, no es el lugar ni el momento. Lo que creo debería transmitir con mi experiencia a todo aquel que quisiera leerla es el profundo cambio que consiguió producir el brebaje en mi consciencia, en mi alma, o como lo quiera llamar cada uno. Me sentí, y justo un año después en el momento de escribir estas líneas, me sigo sintiendo liberado del ancla de la enfermedad. Admiro la vida con color, con amor incondicional, y mi armadura interior es tal que aunque el dragón escupiese llamaradas de fuego sobre mi persona, sin duda alguna resistiría con una sonrisa las cargas infernales que antes me hubiesen calcinado. De no querer vivir a haber sido padre hace tan solo unas semanas, de haberme quedado solo a perdonar y recuperar las amistades que había perdido, de no hablar en mucho tiempo con miembros de mi familia a abrazarlos con todo mi amor, de estar a oscuras a ser capaz de encender sin ayuda la luz de la habitación, de valorar e interponer sobre todas las cosas lo material a desprenderme sin dolor de las asas de una pesada mochila repleta de objetos estúpidos e inútiles que prostituían la palabra felicidad. En definitiva he pasado de estar muerto en vida a disfrutarla. Ni qué decir tiene que es algo asombroso y digno de ser contado y trasmitido.

Dicen y aseguran que no es magia, que esto no es Lourdes, sino un camino largo lleno de aprendizaje, muy duro en ocasiones, pero como ya he dicho al comenzar estas modestas líneas, para mí aunque sea incomprensible es una realidad más que palpable. Tiemblo de emoción al saber y entender con ciencia cierta lo mucho que podría ayudar la Ayahuasca a la gente. Tras su consumo he tenido el honor y la suerte de conocer multitud de personas fantásticas que también han sanado, y admito que la mayoría de los casos el resultado no es tan espectacular y rápido como el mío, pero algo puedo asegurar, y es que esto por mucho que me digan que no, para mí sí que es milagroso.

No puedo evitar sentirme egoísta por no poder mostrar o describir mi sentimiento con la esencia que se merece, tal cual lo vivo a diario, a todos aquellos que lo necesitan. Noto hasta dolor de estómago. Ojalá todos sin excepción pudieran sentirlo como si de una película se tratase. Suministrarlo en botes de perfume para su difusión. Si fuese tan sencillo… pero mucho me temo que cada uno camina el sendero que debe caminar. Lo importante es hacerlo.

Un año después la vida es radicalmente distinta. Adoro mi corazón que palpita, mi cuerpo y mi mente. Desde entonces han habido otros tres retiros, a cada cual más maravilloso y espectacular, y no hay día que no dé las gracias. La Ayahuasca me está mostrando momentos y vivencias que para describirlas me falla el léxico, y lo lamento.

Si cada ser humano que habita este planeta experimentase lo que yo he experimentado, el mundo entero funcionaría de otro modo. Sería irreconocible. Cuánto nos queda por aprender, pienso continuamente. Y es que ahora esa absurda certeza de que somos un conjunto de órganos y entrañas que se complementan para moverse sin rumbo hasta la muerte me parece mera estupidez, y sonrío como un tonto convencido de que hay algo más. Voy por ahí conocedor de una verdad que no comprendo y cuya mera existencia la mayoría creo desconoce, y la confusión que sufro por intentar vislumbrar lo que no entiendo es una sensación que me encanta tener en mi interior. El cerebro puede curarse a sí mismo, he sido testigo, y la Ayahuasca es un buen vehículo para conseguirlo. Un medio fantástico para llegar ahí, donde creemos que no podemos llegar por nuestros propios medios. Gracias a ella sé que pueden abrirse nuevas autovías neuronales que nos ayudan a comprender mejor lo que es la vida, y lo más importante, nuestro lugar en ella.

Mi única certeza ahora mismo es que sé que no sé nada. Y me apasiona.

Gracias Fran y Rosa por facilitar esto. Gracias Carolina por haberme llevado hasta la línea de salida. Gracias a los tres por salvarme la vida.

Ayahuasca, sin duda alguna la medicina del alma.

 

O. A. Hanksler.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *