AYAHUASCA: DIVINIDAD Y CAPAS DE CEBOLLA

Madrugadas como esta, en las que el sueño es esquivo, escondido quizá en el fondo de un cajón cualquiera, me permiten recapacitar en ocasiones sobre el trabajo interno que he hecho durante estos últimos años. Experiencias espirituales, sobre todo con la Ayahuasca. Trabajo repleto de tropiezos, por supuesto. Cuán afortunado soy y me siento. Reconozco con fascinación lo densa que percibo ahora la vida, repleta de capas y más capas. Una cebolla cuyo corazón palpita en la inmensidad de algún sitio, allá en el núcleo interior. No es una gran vida desde el punto de vista de alguien que sí la haya sabido vivir intensamente, eso lo sé, pero puedo asegurar para mi tranquilidad que no estoy muerto en ella. Lo estuve, pero no ahora. Aquellos cristales empañados que montaban mis gafas fueron sustituidos por estos, y aunque en ocasiones la niebla oculte el asfalto que piso, respiro profundo y relajo los nervios, convencido de que sigo recorriendo el camino aunque no sea capaz de verlo con claridad. Pero son momentos puntuales, la niebla se disipa, pues no es eterna, y continúo sin detenerme. Cargo con la famosa mochila, y puede que con piedras más pensadas que nunca, y a pesar de ello con la sensación de que son más ligeras que otras que cargué en el pasado. No tengo miedo a la muerte. Aquella sí que fue una piedra pesada. No consigo explicarlo, pero en ese sentido mantengo la serenidad. Atrevería a decir que la ilusión de regresar a la Fuente y fusionarme con la divinidad sustituye ilógicamente al terror de la incertidumbre que tenía antes al respecto. Me daría rabia, eso sí, perderme ciertas cosas si el hilo se me cortase ahora, tan relativamente joven, pero otros antes que yo ya partieron hacia el otro lado del espejo, mucho más inexpertos (o no), y la vida sigue. Y es que hay que estar agradecido por haber tenido la oportunidad de existir en este plano de existencia y de esta forma individual. Bueno, no es que haya que estarlo, es que lo estoy. Qué importante es estar Despierto. Aún así no me considero en absoluto experto en nada, y mantengo mi consciencia en el umbral de la puerta, abierta, sin saber si he de dar un paso para entrar o dos. Quizá esté ya dentro quién sabe, en eso sí tengo dudas, pero de que estoy no solo delante de ella, sino que además está dispuesta para mí, no me cabe la menor duda. Lástima de aquellos que incluso deseando encontrarla, no la encuentran. Pero qué digo lástima!!! Cómo me atrevo a ser tan egocéntrico, maldito sea. Seré idiota. Cada uno vive lo que debe vivir, y a su debido tiempo irá descubriendo sus propios matices. A mí me ha sucedido y me sucede. En el pasado miraba arriba, hacia el cielo físico, y hablaba con Dios. En otros tiempos incluso dudé, defendiendo que no era más que un montón de entrañas que terminarían por pudrirse algún día, y fin de la historia. Hoy sin embargo Dios no está arriba, sino en nosotros. Lo veo cada mañana en el espejo que refleja mi imagen, lo veo en mi compañero de trabajo, en mi madre y en mi amigo, lo siento en el milagro que es mi hijo y de igual manera en la panadera que me vende el pan cuando lo compro. Todos somos él. No hay diferencia entre nada ni nadie. Somos la misma cosa. No hay espacio que nos separe. No existe. Es un absurdo, como si todo esto no fuese más que un juego. Y lo es. Una dimensión de texturas por la que tenemos la sensación de movernos, pero compartiendo todos un mismo punto inalterable. Y vuelve a suceder. El léxico se esconde, como el sueño oculto en el cajón, pues fallan las palabras que puedan explicar lo que siento, aunque sepa muy bien lo que es. Y lamento, con una mano en el corazón que aún impulsa sangre por mi organismo, todas estos pensamientos que comparto. La culpa es de la noche y su maravilloso silencio, que me permite escuchar esos pensamientos locos que en ocasiones pasan desapercibidos por el barullo del día a día. Que salgan pues los duendes de sus escondrijos y saluden al pasar. Los recibiré con una sonrisa como respuesta, síntoma de lo feliz que me siento por estar vivo ahora mismo.

No mañana ni pasado, ni tan siquiera en unas horas cuando salga el Sol, sino ahora. Vivo ahora. Miro a mi derecha y mi hijo, mientras escribo, duerme. Ha sido y es el mayor regalo que me ha otorgado la vida, y es Dios, igual que lo soy yo. Soy él, y él soy yo. Cómo puede tener tanto sentido lo que siento si no se puede explicar en la lengua que uso para hablar y pensar? He ahí el problema, que no lo es. El sentir. Eso sí es vivir y estar Despierto. Eso sí es sabiduría. Sentir. Nada más. Sintiendo de esta manera lo comprendo todo, aunque no sepa explicarlo con palabras y trasladarlo, convencido que quien haya estado ahí sabrá perfectamente a lo que me refiero. Gracias.

O.A. Hanksler