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DESORIENTACIÓN DE LOS OCCIDENTALES.

El sinsentido de la vida radica en la razón.

Decía Aristóteles, el príncipe de los filósofos, que el ser humano es un ‘zoom politikon’, un animal social por naturaleza, y que, con independencia de cuál sea tu interés por la política, ésta va a determinar cómo transcurrirá tu vida, cómo y cuáles son las leyes a las que te someten, tus oportunidades, tu sistema educativo, tu sanidad, tu economía, tu vivienda, la localidad y el país que habitas… Los seres humanos podemos ocupamos de la política o no hacerlo, pero la política se ocupa de delimitar el espacio en el que forzosamente nos vemos obligados a desenvolvemos. Si alguna tesis de éste gran filósofo permanece aún indiscutida, es ésta.

Esa extraña cualidad, que hace de la política ineludible para todo ser humano en tanto que ser social, impregna, con mayor radicalidad todavía, la filosofía, más allá incluso de la sociabilidad consustancial al ser humano. Como señala el maestro Gramsci, puedes ocuparte en filosofar o soslayar hacerlo, pero ineludiblemente la filosofía constituye el substrato con el que construyes tu visión del mundo, proyectas tu praxis, y entiendes lo que ocurre.

Así, verbi gratia, a las atenciones inusuales de tu compañero, de trabajo o de estudios, les atribuyes forzosamente un concepto, es decir, tienes una idea de él que le atribuyes como si las características incluidas en dicha idea fueran características de tu compañero, y a partir de la idea que tienes de él te explicas sus acciones. Como consecuencia, puedes pensar que lo que pretende es tu amistad, o bien que sólo tiene las deferencias que tiene contigo porque pretende una relación sexual, o porque quiere demostrarse a sí mismo que a sus 50 años todavía es capaz de conquistar a una mujer, o… El concepto que utilizas para vivir las atenciones de dicho compañero te hacen sentir de una manera especial. Así, si piensas que pretende tu amistad y es eso precisamente lo que quieres de él, estarás complacida con sus atenciones, te sentirás bien y a gusto con él, y tu estar y sentir determinará tu comportamiento, y tu comportamiento influirá en el suyo. Si, por el contrario, piensas que solo pretende reforzar su ego maltrecho por la imagen que se vende de los hombres de 50 años, tal vez rechaces sus atenciones, te sientas incómoda y molesta ante ellas, distante, fría y descortés con él, y tu comportamiento influirá en el suyo. Y ambos comportamientos marcarán y definirán vuestra relación. De este modo los conceptos que utilices te harán vivir una u otra experiencia. Tus conceptos construyen tu experiencia y tu vivencia, y, a la postre, el mundo que habitas.

Esto funciona así todos los días, y de entre todos los conceptos que utilizas para construir tu experiencia hay algunos que resultan de aplicación ineludible para todo ser humano, entre ellos el concepto de realidad (¿qué es lo real?), el de verdad, el de conocimiento, etc., es decir, aquellos conceptos cuya articulación racional se ha denominado filosofía.

Gramsci te muestra que, si renuncias a ocuparte de la filosofía, tu visión del mundo (aquella con la que interpretas y construyes tu mundo, tu vida cotidiana, tu saber y lo que entiendes por ciencia) estará formada por retazos inconexos, y hasta contradictorios, de filosofías pretéritas. Dicho de otra manera, tu concepción del mundo y de la vida en ningún caso puede estar libre de la filosofía. En la mayor parte de los casos será un conjunto de partes de varias filosofías diferentes.

El libro de filosofía con el que construyes tu mundo y tu experiencia, en la medida en que eres inconsciente de ello, esta compuesto por diversos capítulos sacados, cada uno de ellos, de filosofías distintas. Si esas filosofías que utilizas de forma inconsciente para construir tu mundo y tu experiencia no son coherentes entre sí o son incompatibles entre sí, tu mundo, tu experiencia y tu acción serán también contradictorias e inconexas: en unos ámbitos actuarás de una manera y en otro de otra que no encaja con la anterior.

De este modo la incoherencia inconsciente de los conceptos que utilizas para construir tu experiencia y tu mundo no te libra, ni libra a ese mundo ni a esa experiencia tuyas, de tener su fundamento en alguna filosofía. La incoherencia se traslada así a tu mundo y a tu experiencia, que te parecen contradictorias o incoherentes, sin un sentido de conjunto, sin sentido global. Esta incoherencia no proviene de que hayas conseguido huir de la filosofía, sino de que estás utilizando los conceptos de filosofías incompatibles entre sí, inconmensurables entre sí, para interpretar y construir tu mundo, para construir de este modo tu experiencia.

Cuando la reflexión filosófica no forma parte de tu quehacer consciente, la filosofía que utilizas de modo inconsciente es siempre una filosofía pretérita, o, mejor, retazos de filosofías del pasado, filosofías que han acabado por formar parte del acerbo cultural, del inconsciente colectivo o del sentido común de las gentes entre las que te has educado.

Como ha estudiado la sociología del conocimiento, el acontecer de las sucesivas filosofías se refleja, con bastantes años de retraso, en el pensar y sentir de la población del mundo occidental, pues la filosofía impregna la política, la teoría y metodología de la ciencia, los negocios, la pedagogía, la ética, .…

Esta obvia tesis, por lo demás fácilmente contrastable, te permite explicar la pérdida de ideales y de patrones orientativos propia de nuestros días, como consecuencia del absolutismo inclemente del cosmos, cosmos como realidad al que recurren la filosofía y la ciencia de la sociedad occidental actual como reacción defensiva frente al absolutismo del dios tardomedieval.

Veámoslo con un poco de detenimiento.

Como consideración complementaria para la mejor intelección de cuanto decimos conviene que recuerdes que el mundo occidental es un mundo de individuos. Individuos diferentes y separados unos de otros, biológica y psíquicamente independientes, en mayor o menor medida, unos de otros. Para el pensamiento y filosofías occidentales actuales, el mundo es un agregado de individuos, y son lo individuos los que constituyen y construyen las instituciones, las ciudades y pueblos, las naciones, y la humanidad entera.

Sin embargo esta concepción individualista (y separatista, por tanto) no es la única posible, ni es la única existente. La visión colectivista o unitaria existe desde hace milenios y es incluso muy anterior a la concepción individualista.

La concepción colectivista y la individualista entraron en conflicto hace ya tiempo, pues se trata de filosofías irreductibles entre si. Conflicto que aún perdura, pese a que parece que el individualismo va ganando por goleada.

Sin entrar en mayores consideraciones, que nos llevarían a una digresión demasiado extensa, piensa que ya la tragedia de Antígona es precisamente una tragedia por el conflicto que surge entre el criterio individual de Antígona respecto de lo que debe hacer (ética), y el criterio de la ciudad-estado en la que vive sobre lo que se debe hacer (moral): Antígona siente que debe enterrar el cuerpo de su hermano muerto, mientras que las leyes de la ciudad (o si quieres, las leyes del rey) imponen que su cuerpo quede insepulto, por haber muerto como un traidor (así lo considera Creonte, rey de Tebas).

El cristianismo, a partir de la mal llamada reforma protestante, entronca con la concepción individualista del derecho civil romano, saltándose así las concepciones colectivistas del derecho germánico que habían ido infiltrándose en el catolicismo de este modo el nuevo cristianismo convierte al individuo en máximo y único interprete y exegeta de la palabra de dios, pues la biblia ha sido escrita para todos y todos tienen derecho a leerla e interpretarla por si mismos. A partir de ese momento se dejará de perseguir, condenar y quemar las traducciones de la biblia a la lenguas que las gentes hablan, incluso se propiciarán dichas traducciones a los diversos idiomas hablados. Hasta el punto que las biblias escritas en latín son ya una rareza.

La expresión de este incuestionable predominio del individualismo capitalista son todas las leyes y normas que hacen prevalecer la libertad individual, la libre competencia y el libre mercado por encima de otras consideraciones (1).

El dios occidental de final del medioevo era (y es aún para muchos creyentes) un dios al que nada se le opone, el mal, como entidad metafísica independiente, ha sido definitivamente erradicado incluso del horizonte filosófico y teológico. Todo cuanto ocurre y es, ocurre y es por la voluntad omnipotente divina. Si hay algún mal lo es como consecuencia de la libertad que dios brinda al hombre, pero ese mal es también querido por dios por cuanto es condición de un bien mayor, de la libertad. Es decir, en realidad es un bien, pues no puede haber libertad si nadie puede elegir comportarse mal. Dios, con su inmenso poder, puede hacer que no ocurra ningún mal, si consiente alguno es porque en el fondo es una bien, aunque nosotros no lo veamos.

Sin embargo, el adorno de la omnisciencia que acompaña a este mismo dios hace insoportable tu posición como ser humano en el mundo, pues ante la acción conjugada de las conclusiones de que dios los sabe todo y la de que lo puede todo, tú como individuo humano pierdes tu personal sentido, pues tu voluntad es mera ficción, pues todo lo que vas a hacer ya sabe dios que lo harás, y lo sabe incluso desde antes de que creara el mundo. Y no puedes algo distinto a lo que dios sabe que harás, pues el saber de dios es indiscutible, infalible, total. Dios lo conoce todo, tanto el pasado, cuanto el presente o el futuro, y hasta tus más ocultos pensamientos son conocidos por dios.

Ese dios es un dios que no solo conoce, sino que decide, pues no se mueve una hoja del árbol sin el concurso de su voluntad. Y desde el inicio de los tiempos ha decidido que tú hagas lo que él sabe que harás. Y dios ni se equivoca nunca ni deja jamás de hacer lo que él quiere, pues todo es posible para él. Todo cuanto ocurre en el mundo ocurre porque dios quiere que ocurra y hace que ocurra.

El ser humano ni siquiera es sin él, tú ni suqiera existes sin la acción de la voluntad divina, aunque tan sólo se manifieste esta voluntad como providencia. Cada ser humano es un capricho y juguete de las decisiones de un dios que te resulta inescrutable, tu libertad humana se muestra como misterio inexplicable o como absurdo. Tu vida carece de sentido, incluso cualquier vida humana individual, o la vida de la misma humanidad, de la humanidad como colectivo, carece de sentido a tu alcance, pues, o no tiene sentido, o su sentido radica en un dios cuya razón y criterio te resultan inalcanzables. Es decir, ni puedes dar sentido a tu vida, ni puedes descubrirlo, pues el sentido de tu vida es el que dios le ha dado desde el principio de los siglos, y dios es incognoscible para ti.

Es obvio que, en aquellos casos en que dios así lo quiere, el sentido te puede ser revelado, pero incluso asumirlo y aceptarlo o no hacerlo es algo que tampoco está en tu mano, pues dios ya ha decidido antes qué es lo que tú harás al respecto. Que te esfuerces en algo carece de sentido, pues nada puedes cambiar. Incluso el hecho de que te esfuerces o de que no hagas nada es también una decisión de dios, una decisión que tenía tomada desde siempre.

Cabe señalar que incluso el bien es resultado de la voluntad divina, pues es bueno lo que dios quiere que sea bueno; la omnipotencia divina está reñida con la subordinación a ningún criterio o norma, que estaría así por encima de dios y a la que dios estaría sometido. No hay ninguna norma que esté por encima de dios, por eso no puede existir un criterio de lo que es el bien contrario o distinto a lo que dios quiere que sea el bien.

Si solo existe un dios único nada, que no sea lo que hay, está permitido; solo ocurre lo que dios quiere, y lo que dios quiere es lo permitido, lo que hay. Así cuanto ocurre está justificado y valorado positivamente y de modo absoluto: todo cuanto ocurre, ocurre porque lo quiere dios, ocurre como tiene que ocurrir, es como tiene que ser, y, aunque no seamos capaces de apreciarlo, siempre ocurre por el bien del todo, de dios, del universo, de su obra. El bien del todo no es más que el desarrollo de su esencia, la realización de la esencia de ese todo es el camino hacia la cúspide y meta que dios ha colocado en el germen de todo como su fin; nada podría ser mejor de como es, o con palabras de Leibniz ‘estamos en el mejor de los mundos posibles’.

Mas si observas críticamente te darás cuenta de que el mejor de los mundos posibles tiene en su haber campos de concentración y de exterminio, cámaras de tortura, mecanismos de opresión y destrucción al servicio del capricho de alguna subjetividad humana con poder suficiente para destruir sin freno, sin más freno que el poder de los otros. También hay en ese mundo mejor imposible, catástrofes producto de la naturaleza, sea de la explosión de un volcán, de un agua embravecida, o de la colisión de un gigantesco cometa con la Tierra. Es decir, para tu ojo crítico el mundo no solo es inhumano y posiblemente inhabitable, sino que también es incuestionablemente de un absurdo aplastante.

Pero para este dios y sus seguidores cuanto es y ocurre no es cuestionable, juzgarlo ya es pecado de idolatría, pues es juzgar la obra de dios, poner tu juicio y tu criterio por encima de él. Cuestionar lo que ocurre es delito de lesa traición, delito de ateísmo, pues es negarle a dios sus atributos, su omnisciencia o su omnipotencia, es considerar que no es verdaderamente dios.

La única postura que te cabe es alabar lo que sucede, bendecir el “bien” que dios derrama sobre todas y cada una de sus criaturas con el predestinado acontecer de todo lo que ocurre. Desde la creencia en este dios solo te es lícito considerar que cualquier intento de mejorar o cambiar algo es blasfemia. Incluso tu misma consciencia crítica es sana prueba que debe llevar a la ciega bendición del horror absurdo, pues hasta dicha consciencia crítica es obra y decisión de dios.

No es que todo cuanto ocurre está permitido, sino que todo cuanto ocurre es bueno, es lo mejor que podía ocurrir, puesto que dios, en su infinita bondad y desde su omnipotencia, ha elegido lo mejor.

Frente a este dios angustiante y omnipresente, los occidentales reclaman el auxilio de la ciencia, que se convierte en refugio y paradigma del nuevo saber.

La ciencia sustituye a la religión como explicadora del mundo y como fuente, por tanto, de la intelección de la génesis de cuanto ocurre, y, por ello, como presunta suministradora de sentido.

La filosofía desarrollada como fundamento metafísico, racional y epistemológico de la religión es sustituida por las filosofías construidas en torno a las ciencias positivas, de las que son justificación, su metafísica fundamentadora, su base epistemológica, y la garante de su verdad. Surgen así racionalismos y empirismos alrededor de estas ciencias físico naturales, cuyo esplendor se alcanza a lo largo del siglo XIX.

Para esta nueva ciencia el universo se muestra espacialmente inmenso, inconmensurable, un universo en el que tú, el ser humano y tu planeta son una mera partícula de una mota de polvo perdida en la inmensidad del espacio y totalmente periférica.

Esta nueva ciencia muestra también un tiempo cósmico igualmente inabarcable y fuera del patrón de medida de tu vida individual o de la duración de las comunidades históricas, pues la ciencia supone que el desarrollo del universo comenzó hace unos 20.000 millones de años (y, a nuestros efectos, es indiferente que el intervalo en el que debamos colocar esta cifra se encuentre entre los 15.000 y los 30.000 millones de años, cifras en las que se centra el actual debate o investigación sobre el comienzo del desarrollo del universo), tiempo frente al que la duración de la más longeva de nuestras civilizaciones, culturas o imperios históricos (¿5.000 años? ¿20.000?) resulta más breve que el primer parpadeo de tus ojos inmediatamente después de tu nacimiento, en relación a la duración de tu vida.

Tu planeta, su tamaño y su duración en este inmenso y casi eterno universo, son como el tamaño y duración de una de las pequeñas burbujas que provocan las olas en la playa, con relación a la extensión y duración del vasto océano.

El universo, tu universo te resulta absoluto, absoluto por inabarcable espacial y temporalmente por ti, y absoluto por inclemente, pues no tiene ninguna clemencia de ti, a quien le puede caer encima cualquier piedra volcánica o un pequeño o gran diluvio, ni tiene clemencia de tu planeta, que puede arrasar o destrozar algún meteorito viajero y caprichoso, ni la tiene de tu sistema solar, que acabará engullido por el mismo sol, ni de tu galaxia, que se tragará un agujero negro uno de estos días.

Cuando creías escapar de un dios agobiante te ves otra vez agobiado y asfixiado por el nuevo marco filosófico en el que te sitúas ahora; el absolutismo del universo, que el refugio en la ciencia ha convertido en la realidad por excelencia, vuelve a privar de sentido y razón a la existencia humana y a tu existencia, pues ambas son totalmente innecesarias y casuales en el acontecer del universo.

Un universo que se muestra igualmente indiferente e implacable ante lo que haces o lo que te ocurre, incluso ante lo que le ocurre a la totalidad de la especie humana, que también desaparecerá como lo han hecho millones de especies antes de la tuya.

Es también este absolutismo inclemente de la realidad construida por la ciencia (lo que la ciencia te dice que es la realidad), del que hablaba Blumenberg, el que permite que se desarrolle el germen del nihilismo, que ya estaba presente en las tesis del doctor angélico (Tomás de Aquino), pues este absolutismo relativiza de forma igualmente absoluta la acción humana, hasta el punto de hacer indiferente cualquier acción tuya, sea política, como los campos de exterminio, sea social o de cualquier otra índole.

Así, las obviedades y patrones orientativos que has heredado del pasado pierden su credibilidad y, con ella, su eficacia, y el hombre occidental, y tú con él, os encontráis en una molesta inseguridad de la que no podéis salir, pues las cosas obvias de la tradición, como señala F.J. Wetz, no se pueden renovar por decreto.

Desde el entendimiento, que denominaba Kant, o desde la razón, o la mente, que llaman los de la nueva New Age, el problema no tiene solución. Es decir, la vida humana no tiene sentido, y tu vida tampoco.

El reto es pues abandonar el entendimiento sin caer en la sinrazón o en el absurdo, pues construir algo desde la negación de la razón es depositar en ella el predominio y la importancia de todo, el negativo de una fotografía es también una fotografía, pero con los colores cambiados (complementarios).

Sólo la mística te puede permitir la supervivencia desde la plenitud del sentido de la vida y de tu vida.

A recorrer ese camino te invito.

Abu Fran, abdal.

NOTAS:

(1) No me resisto a recordar que el efecto de este colectivismo ha sido, en occidente, la huida hacía ideales colectivistas ora xenófobos ora inclementes con los disidentes, ante la falta de sentido individual. Pero este es también otro tema.