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Si quieres hacer reír a la divinidad, cuéntale tus planes

Amar el futuro, replantearse la ruta.

De nuevo la madrugada, tan serena y tranquila. Los pensamientos parecen más claros entre tanto silencio. Al final resultará que ese toque de queda impuesto, tan absurdo, tendrá algo de utilidad. Al menos donde yo vivo provoca un exceso de maravillosa tranquilidad, pues a lo lejos hasta la autovía está callada. No hay neumáticos que susurren su pavimento y ese sonido, antes en apariencia imperceptible e invisible al oído humano, se hace notorio precisamente por su ausencia. Y vuelvo a percibir la fragilidad de la vida. Me bombardean pensamientos y recuerdos al unísono, peleándose por entrar. Todas las ventanas abiertas, creando diferentes fragancias. Alguien cercano me dijo una vez que si quería hacer reír a Dios le contase mis planes. Debe estar descojonándose de risa a mi costa en estos momentos. Pero no me importa. En serio. Que siga riendo si así lo desea. Los mazazos en la vida aparecen, no para que aprendamos, pero aprendemos de ellos si estamos atentos. Y esa atención es síntoma de estar Despierto, algo que creo fundamental. De no hacerlo así lo único que conseguiría sería hacerme más daño, y al tenerlo asegurado lo mejor que puedo hacer es sacar alguna utilidad de esos golpes. Tras mi visión puedo escoger entre dos opciones: tomármelo como una tragedia o como un despertador. De mi depende decidir cómo afrontar la situación una vez me haya alcanzado. Y es que ayer, hace escasas horas, era una persona con unas ideas de futuro. Hoy (ahora) sigo teniéndolas también, pero tras una noticia descorazonadora que lo ha cambiado todo, resulta que deben ser modificadas. Debo cambiar prioridades al no valerme las primeras. Darse cuenta de que la vida no va a ser como la habías pensado, no voy a mentir, asusta y mucho, pero tras el lloro de la auto compasión, que sirve en primera instancia de desahogo, aparece una fortaleza extraña y desconocida. Ya no hay rabia ante la incertidumbre. Bendita, bendita Ayahuasca y el camino que gracias a estar Despierto me ha mostrado. O debería decir gracias a querer estarlo? Hace no mucho tiempo, aunque parezca cosa de otra vida, alguien que emprendió el camino al otro lado del espejo, a la que en el fondo amaba, dijo que había que saber disfrutar de la vida, y que no debíamos esperar a una desgracia como una enfermedad para saber hacerlo. Que debíamos saber valorar el día a día. Cómo te echo de menos Nina!!! Y tenías razón, por difícil que parezca darse cuenta. Cada mañana es un regalo, al igual que cada noche, y una en concreto será la última. Puede que sea el próximo lunes o dentro de mucho tiempo, normalmente eso no se sabe, pero aprender a degustar nuestra existencia individual en este plano, a pesar de todo lo que ocurra, sin dejar que nos distraigan por el camino, creo que es ahí donde reside la felicidad. Al menos parte de ella. Más que felicidad la palabra adecuada debería ser otra como serenidad, igual que la que protagoniza esta calmada noche. Y me siento afortunado por estar aprendiendo de esta manera, aunque sea a mazazos. Y es que no hay nadie que me diga cómo debo sentirme, solo es mi experiencia la que habla. Y no tengo mucha, así que estoy expectante al saber que estoy en continuo aprendizaje. Es una especie de inteligencia emocional la que me está abrazando ahora mismo. Quizá consolándome, quien sabe. Mi salud puede estar traicionándome, pero mi mente y consciencia siguen ahí, intactas de momento, y por ende la espiritualidad adquirida. No diré que esto es una prueba para que me supere, pero sí es una escalera que debo saber subir solo. Así al menos evitaré que mi entorno sufra conmigo. No es cuestión de tragarme mi sufrimiento, sé que puedo compartirlo para que pese menos en determinados momentos, pero sí que he de aprender a sufrir mi cansancio con el problema. Las escaleras parecen largas vistas desde abajo, y los escalones cada vez más altos tras los últimos resultados, pero bueno, la cuestión es no rendirse y seguir ascendiendo. En el piso de arriba está mi cama, y al llegar a ella descansaré junto a la mujer que quiero.

La verdad es que en ocasiones contarlo con palabras, verbalizarlo y escribirlo, relaja bastante, y funciona, pero no hay lugar ni tiempo para compadecerse de uno mismo. Aún queda trabajo por hacer, y no poco. Mi corazón está abierto de nuevo, algo está cambiando en mí, como decía aquella canción, y comienzo a sentirme preparado de nuevo para que la medicina vuelva al maestro interior. Recibirla en mi templo será un honor, sin miedo. No tardará en llegar el momento, lo intuyo. Ahora el uno, ya vendrá el dos. Y si tengo que llorar pues lloraré. Y si necesito gritar pues gritaré. Me siento con derecho a desinhibirme sin sentirme juzgado por nadie. Fuerza. Esperanza. Ganas. Lucha. Sinónimos todos ellos. Gratitud por estar vivo, eso siempre. Volveremos a la Fuente, pero hasta entonces seguiremos jugando en este tablero. Muevo ficha y qué cojones, ahora juego con las blancas.

O.A.Hanksler

DÓNDE TE ENCIERRA TU CONDICIONAMIENTO?

Había una vez una niña pequeña, que creció con sus padres sola en el bosque. Un día se encontró que sus padres habían muerto y que tendría que cuidarse de sí misma. Sus padres habían dejado un mihrab, un ornamento extraño parecido a un marco de ventana que estaba colgado en una pared de su choza.

Puesto que ahora estoy sola -se dijo Fátimay tendré que sobrevivir en el bosque, donde las cosas que viven son sólo animales, sería bueno comprender su lenguaje y poder hablar con ellos”.

Así que pasaba una buena parte del día dirigiendo esta aspiración hacia el marco, que estaba sobre la pared:

Mihrab, dame el poder de comprender a los animales y de poder hablar con ellos”.

Después de largo tiempo, repentinamente tuvo la impresión de que podía comunicarse con los pájaros, con los animales y hasta con los peces. Y se fue al bosque a probar. Pronto llegó a un estanque. Sobre el agua del estanque estaba una mosca patinadora, que paseaba sobre la superficie y que nunca entraba en el agua. Nadando dentro del agua había varios peces y, pegados al fondo del estanque, algunos caracoles. Para poder empezar una conversación, Fátima dijo:

-¿mosca, por qué no entras en el agua?

-¿por qué habría de hacerlo, suponiendo que eso fuera posible, ya que no lo es? -preguntó la mosca.

-porque estarías a salvo de los pájaros que bajan y te comen.

-¿no me han comido, verdad? -dijo la mosca.

Y ese fue el final de la conversación.

Entonces Fátima habló con el pez:

-pez – le dijo a través del agua-, ¿por qué no aprendes a salir del agua poco a poco? He sabido que ciertos peces pueden hacerlo.

-absolutamente imposible -dijo el pez-, nadie ha hecho esto y ha sobrevivido. Se nos ha enseñado a creer que es tanto un pecado como un peligro mortal.

Dio la vuelta y se sumergió en las sombras, dispuesto a no oír tales tonterías.

Entonces llamó al caracol acuático que se encontraba debajo de una piedra:

-caracol, ¿podrías arrastrarte fuera de la piedra y encontrar buenas hierbas para comer? He oído que los caracoles pueden hacer eso.

– es mejor contestar una pregunta con otra pregunta, cuando es un caracol sabio quien escucha -dijo el caracol-. Quizá serías lo suficientemente amable como para decirme exactamente por qué tienes tanto interés en mi bienestar. La gente debería cuidarse de sí misma.

-bueno -dijo Fátima-, supongo que es porque, cuando una persona puede ver más sobre otra, quiere ayudar a que obtenga alturas superiores.

-esa me parece una idea extraña -dijo el caracol-, y se arrastró bajo la piedra, donde ya no pudiera oírla más.

Fátima dejó e la mosca, al pez, y al caracol, y vagó por el bosque buscando otra cosa que ver. Sentía que debería ser útil a alguien. Después de todo, tenía mucho más conocimiento que estas gentes del bosque. Pensó que un pájaro, por ejemplo, podía ser avisado para que almacenara comida para el invierno, o decirle que debería hacer un nido cerca del calor de una choza para que no muriese de frío innecesariamente. Pero no vio a un pájaro.

En cambio se encontró la choza de un carbonero llamado Alfonso. Era un hombre anciano que estaba sentado frente a su puerta, quemando leña para convertirla en carbón y llevarlo al mercado.

Fátima, deleitada al ver otro ser humano, el único que había conocido además de sus padres, corrió hacia él y le contó sus experiencias del día.

-no te preocupes por eso, pequeña -le dijo el anciano-. Hay cosas que un ser humano tiene que aprender, y son de vital importancia para su futuro.

-¿cosas que aprender? -dijo Fátima-. Pero, por favor, ¿por qué debería yo buscar otras cosas que aprender? Esas cosas probablemente sólo cambiarían mi modo de vivir y de pensar.

Y como la mosca, el pez, y el caracol, se alejó de la compañía del carbonero.

Isaberl, hija de Waliyya, gastó otros treinta años, como la mosca, el pez, y el caracol, antes de poder aprender algo.”

Fátima, hija de Waliyya de Andalucía (murió en 1.195) fue la maestra de Ibn al- Arabi, doctor maximus para occidente, y seik al-akbar para el mundo islámico, quien atrajo la atención en el siglo XII sobre lo que hoy llamamos ‘condicionamiento’. El escolástico turco Síagog Qalb ha hecho notar la influencia de al-Arabi en la filosofía occidental. Esta historia se cuenta entre los iluminati (rashania), derviches del Pamir. La versión aquí transcrita es del sufí Abdul-Samad Khan, quien murió en 1.943.

SIGUE EL CAMINO REAL:

FRECUENTA A LOS DERVICHES.

En el año 1996, Giacomo Rizzolatti junto con Giuseppe di Pellegrino, Luciano Fadiga, Leonardo Fogassi y Vittorio Gallese en la Universidad de Parma, en Italia, descubrieron, en un claro caso de serendipia, las neuronas espejo.

Las neuronas espejo son una clase de neuronas que se activan cuando un animal o una persona ejecuta una acción, y también se activan cuando observa esa misma acción al ser ejecutada por otro individuo, especialmente si es un congénere. Las neuronas del individuo “reflejan” el comportamiento del otro, como sí el observador estuviera realizando la acción.

El descubrimiento va más allá, y posteriores investigaciones descubrieron que esta activación predispone al observador para realiza la misma acción que está observando, es decir, que ver determinadas acciones induce al observador a realizarlas, o, para ser más precisos, a realizar acciones semejantes.

Y esta observación puede ser tanto de una persona actuando realmente o de una filmación de dicha persona actuando (o de una película de dibujos animados en las que se realiza dicha acción).

Como las neuronas espejo se activan tanto cuando se realiza una acción, cuanto cuando ves que acción la realiza otro, tanto realizar la acción cuanto ver cómo la realiza otro, te sirve de entrenamiento.

Además, resulta que cuando ves a alguien realizando una acción, te ves inducido inconscientemente a realizar otra acción semejante.

Del mismo modo, aunque no realices posteriormente está acción semejante, se han activado nuestras neuronas espejo, las mismas que se activan cuando realizas dicha acción.

El entrenamiento consiste en realizar la acción en cuya realización pretendes mejorar, para que la activación neuronal de tus neuronas implicadas haga que las próximas veces la realización de esa acción te sea más y más fácil. Del mismo modo la mera observación de cómo otra persona realiza esa acción activa también parte de tus neuronas implicadas en la acción, haciéndote así más fácil su posterior realización.

Es decir, ver cómo alguien que domina el esquí esquía, te facilita esquiar, y ver como un experto futbolista juega al fútbol, te hace mejorar tu desempeño en el fútbol.

Lo curioso es que no es ni siquiera necesario que veas cómo alguien realiza una acción, sino que es suficiente con que veas una imagen en la que alguien está realizando esa acción para que se activen esas neuronas espejo. Claro está, siempre que reconozcas en la imagen la acción que en ella se representa, es decir, que para que tenga en ti ese efecto una imagen fija es necesario que sepas qué acción está representándose en esa imagen.

Las consecuencias que se extraen de todo esto, además de las ya señaladas, son:

  1. Que las imágenes con las que decoras una estancia o un espacio te inducen a la realización de la acción que esa imagen representa.

  2. Que las imágenes fijas que no puedes interpretar, por estar fuera de contexto o por resultar inexplicables para ti, te inducen a la reflexión, generalmente de forma inconsciente.

  3. Que ver documentales de personas expertas realizando aquello en lo que quieres mejorar, te ayuda a mejorar en ese campo.

  4. Que ver cómo otras personas hacen algo que saben hacer bien, te ayuda a mejorar tu ejecución de esa actividad.

Sin embargo para ti es todavía más importante saber que no sólo puedes mejorar con estas técnicas tu desempeño en un concreto campo, sino que observar a personas que viven como te gustaría vivir, o que actúan en la vida como te gustaría comportarte, te ayuda a vivir de esa manera o a comportarte de ese modo.

Si a todo ello unes que la presencia física del otro te transmite mucha más información que la que transmiten las imágenes o las palabras (1), para quien quiere seguir la senda real la conclusión evidente es: frecuenta la compañía de aquellos que viven o actúan como tú deseas hacerlo.

Abu Fran, abdal sufí.

NOTA 1: Vease:

FABRICAR GENIOS Y SABIOS?

Transmitir genialidad o sabiduría?

El diccionario define la genialidad como la Capacidad y facilidad que tienen algunas personas para crear o inventar cosas nuevas y admirables o para realizar alguna actividad de forma imaginativa y brillante”.

En un principio se pensó que la genialidad estaba vinculada a la inteligencia, es decir, al Cociente Intelectual, sin embargo Lewis Terman, un psicólogo de la Universidad de Stanford que se dedicó, tras la Primera Guerra Mundial, a seguir la pista a un grupo de superdotados, identificó y localizó a 1.470 niños con un CI (cociente intelectual) superior a 140, a los que se conocía popularmente como «las Termitas». Terman siguió con ahínco, y hasta el final de sus días, su evolución, convencido de que entre ellos se encontraba la futura élite intelectual, política y financiera de Estados Unidos. Pero no fue así: cuando «las termitas» llegaron a la edad adulta, Terman se topó con una triste realidad: aunque algunos de sus niños genios llegaron a publicar libros y ganaron premios científicos, ninguno de ellos llegó a ser una figura pública reconocida por sus logros. Ninguno fue premio Nobel, Pritzker, Pullitzer, o algo que se le pareciera. Y no sólo eso, uno de los hombres no incluidos en el estudio de Terman -excluido por tener un CI inferior a los límites impuestos- se convirtió en su edad adulta en ganador del premio Nobel de física: William Shockley, coinventor del transistor, y ciertamente, un genio.

Hay que concluir pues que la genialidad y el CI, lo que en el ambiente académico se denomina “inteligencia”, no van de la mano. La única manera de saber quien será un genio o un personaje socialmente destacado, es esperar a que esa genialidad se manifieste, y esto ocurre igual a temprana edad (Mozart con tan solo cinco años ya componía obras musicales y sus interpretaciones eran del aprecio de la aristocracia y la realeza europea) que en la edad adulta.

Elkhonon Goldberg (1), afirma que, por más que la genialidad no se sepa de qué depende, podemos afirmar que se posee desde una temprana juventud, y que no requiere de un largo entrenamiento ni preparación para su manifestación.

Sin embargo el diccionario dice que la sabiduría es un “conjunto de conocimientos amplios y profundos que se adquieren mediante el estudio o la experiencia, y que permiten que la persona actue con sensatez, prudencia o acierto”. Y añade la Wikipedia que en la sabiduría se destaca el juicio sano basado en el conocimiento y en el entendimiento; la aptitud de valerse del conocimiento con éxito, y el entendimiento para resolver problemas, evitar o impedir peligros, alcanzar ciertas metas, o aconsejar a otros.

Para gran parte de los psicólogos que estudian el tema, la sabiduría es distinta de las habilidades cognitivas medidas por los exámenes de inteligencia. La sabiduría es con frecuencia considerada como un rasgo que puede ser desarrollado por la experiencia, pero no enseñado.

Solo de estas primeras y someras aproximaciones podemos destacar ya una primera diferencia entre genialidad y sabiduría: la primera se posee desde muy joven (2), o tal vez desde el nacimiento, y requiere muy poco entrenamiento para que se manifieste, mientras que la sabiduría se adquiere con la experiencia, o con el conocimiento que se adquiere a lo largo de la vida o del estudio, es decir, la sabiduría requiere tiempo para manifestarse, por lo que no es una característica propia de la juventud.

Acorde con estas consideraciones, la imagen popular tradicional del sabio es la de un individuo viejo, cuando no anciano, que ha adquirido un especial y profundo conocimiento a lo largo de los muchos años de su vida y/o estudio, y en su dilatada experiencia, y, lo que es más importante, que sabe aplicar ese conocimiento a los problemas que surgen, casi siempre nuevos, con éxito.

La característica coincidente de la genialidad y la sabiduría es que, al parecer, ni una ni otra pueden enseñarse.

Y tal vez ni una ni otra requieran un largo entrenamiento. Indudablemente la sabiduría presupone toda una vida antes de poder ejercerse, pero el conocimiento y la experiencia adquiridas a lo largo de esta dilatada vida no constituyen la sabiduría, sino únicamente una condición indispensable para que ésta pueda manifestarse, ejercerse. La sabiduría es la aplicación exitosa de este conocimiento y de esta experiencia a los nuevos problemas que surgen en la vida (y en la investigación, por ejemplo). Citando de nuevo a Goldberg, lo que el sabio sabe hacer es reinterpretar la información sobre la nueva situación o problema como un caso especial de un tipo más general de situaciones o problemas, al que se le puede aplicar un tipo de solución semejante a los que han funcionado en los otros casos similares.

Lo que hace único al sabio es que esta generalización de los problemas y situaciones, esta tipología que los agrupa en distintas clases de problemas o situaciones, no es percibida por los demás, sino únicamente por él y por los otros sabios que son parecidos a él: las demás personas de edad disponen tal vez de los mismos conocimientos y de tan gran experiencia como el sabio, sin embargo no ven la nueva situación como un caso particular de un tipo general de situaciones, no es para ellos una situación tipo, por lo que no pueden aplicar ninguna de las soluciones que han funcionado en el pasado. Ciertamente el sabio no aplica una solución vieja a un problema nuevo, sino que adapta una solución vieja a un problema nuevo del mismo tipo o clase, problemas todos ellos que se solucionan de manera parecida.

Podemos pues entender ahora por qué cuando necesitamos un genio o un sabio tenemos un problema difícil de solucionar, pues ninguna de las dos características pueden enseñarse. Es cierto que el sabio requiere conocimiento y experiencia, pero ni uno ni otra bastan para hacer sabio a nadie (sino todos los viejos serían sabios, y es fácil comprobar que hay viejos estúpidos). Y también es cierto que el genio lo es desde muy joven, pero tampoco la juventud hace de nadie un genio.

Si necesitamos un genio tenemos que buscarlo. Si necesitamos un sabio tenemos que buscarlo.

Una vez los encontramos hay que darles la formación que uno u otro precisarán para que su genialidad o su sabiduría sean provechosas para lo que pretendemos; si nos equivocamos de persona no solo nos frustraremos, sino que habremos desperdiciado (3) cuanto invirtamos en su formación. Y este desperdicio será tanto mayor en el caso de que andemos necesitados de una persona sabia.

Además, para el caso de que necesitemos un sabio, el problema que tenemos es que se requiere mucho tiempo para proporcionarle los conocimientos o experiencia que precisa (o para que los alcance), un tiempo del que puede ser que no dispongamos. Al sabio lo necesitamos ya formado.

La selección de estas personas es pues la clave para poder tener disponible un genio o un sabio, y nuestra tarea es afinar nuestro criterio y habilidad para distinguir estas cualidades en las personas. La selección de este personal es el momento crucial del proceso de creación de un equipo en que que operen sabios y/o genios, como son, por ejemplo, los equipos de investigación, o los de innovación permanente, o los de abordaje de problemas y situaciones radicalmente nuevos y desconocidos.

Abu Fran, abdal.

Notas:

(1) Nacido en 1946, neurólogo y científico neurocognitivo. Actualmente Elkhonon Goldberg es catedrático de neurología en la Universidad de Nueva York, jefe científico del Advisor of SharpBrains, y fundador y director del Insituto Neurocientífico Luria.

(2) Por citar solo a algunos, diré que cuando Wolfgang Amadeus Mozart tenía cuatro años tocaba el clavicordio; a los seis, con destreza, el clavecín y el violín, además de componer pequeñas obras de considerable dificultad. Con 15 años fue admitido en la Academia Filarmónica de Bolonia, un lustro antes de lo permitido. En 1777, con solo 21 años, compuso su famoso Concierto para piano y orquesta nº 9 en mi bemol mayor.

Miguel Ángel, entró con 12 años en el taller de los Ghirlandaio como aprendiz y con 23 esculpió La Piedad del Vaticano. En 1505, cuando tenía 30 años, el Papa Julio II le encargó la realización de su monumento fúnebre, proyecto que entusiasmó al artista y que el pontífice abandonó. En 1508 aceptó dirigir la decoración de la bóveda de la Capilla Sixtina.

Mary Shelley publicó Frankenstein con 21 años, tras concebirla durante un sueño, y Arthur Rimbaud pasó a la posteridad por una obra poética compuesta desde la adolescencia hasta el comienzo de la veintena.

(3) Para nuestro objetivo de tener un genio o un sabio disponible.