Descenso a mis infiernos.

Apenas Jesús desembarcó, le salió al encuentro desde el cementerio, un hombre poseído por un espíritu impuro… Al ver de lejos a Jesús, vino corriendo a postrarse ante él, gritando con fuerza: “¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo de Dios, el Altísimo?. ¡Te conjuro por Dios, no me atormentes!”. Porque Jesús le había dicho: “ Sal de este hombre, espíritu impuro!”. Después le preguntó: “¿Cuál es tu nombre?”. Él respondió: “Mi nombre es Legión, porque somos muchos”. Y le rogaba con insistencia que no lo expulsara de aquella región.

Evangelio de S. Marcos 5, 1 (1)

Mi primer descenso.

Aquel día me senté junto a ella, junto a mi compañera de vida y de camino, y ambos, desde una valentía que he visto en pocas personas, nos adentramos en los estados de consciencia expandida que proporciona la copa mística(2).

Solos ella y yo, sin cuidador ni guía, situación tan desaconsejable como atrevida, propia de la inconsciencia que suele adjudicarse a la juventud, pero que con frecuencia es la perla que adorna a quienes ya han vivido mucho. Sin duda vivir mucho tiene algo que ver con los años, pues no es posible vivir mucho en poco tiempo; sin embargo la mayor parte de quienes conozco que peinan canas son personas que han durado mucho, y parece que vivir es algo que les dio miedo o que se les olvidó por el camino.

Esa fue la primera vez en mi larga vida que descendí conscientemente a mis infiernos, y fue terrible. Mis demonios me asustaban, eran feos y horribles, despiadados y crueles, y, sobre todo, absurdos. Algunos llevaban sobre sus desnudos pechos su nombre tatuado, ora como si fuera a fuego, ora como una tenue neblina: Soberbia, Venganza, Sinrazón, Rabia, Astucia, Resentimiento, Impotencia, Poder, Cosificación, Deshumanización, Dominación, Sinsentido, Alienación, Perpetuación, Eternidad…

El dolor y el miedo me sobrecogieron y me arrollaron. Mi compañera, que también había ingerido la comida de las diosas(3), tuvo el valor de salir de su proceso como pudo para poder asistirme, para consolarme en un dolor que no tenía consuelo, para mitigar los efectos del terrible huracán que arrasaba mi isla, mi pequeña e insignificante existencia en esto que orgullosamente llamamos realidad.

Agradezco profundamente a mi compañera de experiencia su valentía al emprender su viaje junto al mío y junto a mí, su inmensa fuerza para salir de su propia experiencia para atenderme, su dedicación a mi desconsuelo, y su atención cuidadora y paliativa. Sin ella no habría salido indemne de mi excursión a los infiernos.

El viaje fue liberador, visitar los infiernos y ver de cara a los ángeles caídos fue tan terrible como liberador. Sin embargo no debí de quedar del todo liberado, pues el sentimiento de que no era suficiente era mayor que el sentimiento de liberación que siguió a la experiencia; y las ganas de volver al reino de las oscuras sombras comenzó a azuzarme desde el mismo instante en que volví al estado de consciencia ordinaria y me acompañó durante algún tiempo.

El segundo descenso.

La segunda vez que descendí a mis infiernos no sé si lo hice por soberbia, por la inconsciente llamada que se repetía desde algún lóbrego rincón de mi ser desconocido desde mi primer descenso, por dictado de las Parcas(4) o si fue la casualidad quien me llevó de nuevo a la morada de Tántalo(5). En todo caso no tenía elección posible, pues los Hados conducen a quienes se someten a ellos, pero arrastran a quienes se les resisten.

Recuerdo que en esa ocasión se nublaron mis sentidos, dejé de percibir cuanto me rodeaba, dejé de verlo, de oírlo y de sentirlo en mi piel. Y al mismo tiempo, y en una forma contradictoria y misteriosa, se expandieron mis sentidos: cuanto percibía formaba parte de otro mundo, de un mundo que no se muestra en los estados ordinarios de consciencia, pero que es tan real o más que aquél: el mundo de la experiencia expandida.

Creo que fue en Madrid, no estoy seguro. Era una toma colectiva de ayahuasca. Esta vez sí, con cuidadores, guías y acompañantes. Allí regresé al Tártaro, que hasta ese momento yo había creído que era universal y compartido.

Sin embargo me di cuenta pronto que lo que yo tomaba por el Tártaro era mi peculiar infierno, mi sótano, la parte oscura de mi morada cuya existencia conocía tan solo por referencias e historias que nunca acepté del todo. No lo podía creer, los cimientos de mi casa eran peor que la más pérfida mazmorra, negra, húmeda y llena de seres malolientes, pegajosos y malvados. ¡Esos eran los cimientos de mi casa, de mi castillo! Sin ellos todo mi ser se habría venido abajo.

La consciencia expandida nos juega esas malas pasadas: lo que creemos ajeno, todo eso que rechazamos, censuramos, condenamos y combatimos es en realidad nuestro sustento, lo que nos mantiene de pie. O al menos es lo que a mí me mantiene erguido, vivo. Y eso era lo que mi consciencia expandida me mostraba.

Descubrir que la fuerza que me sustenta es la oscuridad, fue de una luminosidad cegadora; entendí en ese mismo momento por qué al capitán de los ángeles caídos se le llama también Lucifer, el príncipe de la luz.

Aún hoy es muy confuso para mí, pero tan inexplicable como ineludible: si rascas un poco en mí, tras la hermosa piel encontrarás demonios pestilentes y voraces. Sin duda el descubrimiento había sido un regalo de las diosas, mis eternas guías.

La consciencia de que esta vez eran mis demonios (sin duda los mismos que visité antaño) me producía sin igual repugnancia, un asco que se convirtió en vómito repetido e insistente. Quise exorcizarlos, pero no se fueron; creo que jamás fui un buen nigromante. Qué remedio. Todavía revivirlo me produce náuseas.

No recuerdo bien cómo ocurrió, mas me resigné a su compañía y descubrí que no me acompañaba el miedo: eran míos, eran yo mismo y mi mejor opción era acostumbrarme a convivir con ellos (¿o debo decir con ellas?). También descubrí que Azrael, en ángel de la muerte, no les acompañaba, no estaba en ningún sitio; aunque no entendía, ni entiendo aún por qué, el descubrimiento era coherente con mi ausencia de miedo a la muerte, miedo que no recuerdo que me haya acompañado nunca; antes al contrario, he tenido siempre a la muerte como mi más constante acompañante, casi mi amiga.

Esa vez mi esfuerzo, el que una pequeña voz me indicaba continuamente que me convenía hacer, estuvo dedicado a aceptar a mis demonios, a las bestias infernales que constituyen mis entrañas. Por fin me percibía completo, con luces y con sombras, hermoso y repugnante, grandioso y miserable. Tan solo me quedaba digerirlo, lo que aún ando haciendo. Pero ya era un ser humano verdadero, completo, entero.

No solo el miedo a la muerte estaba ausente, tampoco estaba el demonio de la Culpa-Perdón, y eso ya no me resultaba coherente, pues en mi niñez y juventud arrastré la culpa por el placer que sentí de niño las veces en que fui abusado. Una culpa que influyó en mi comportamiento durante años. No eran míos esos demonios?

Es posible que algunos de los demonios que viven en mi sótano estén solo de paso, que no sean habitantes de la casa sino meros invitados? O tal vez ocupas? Entonces sentirme pleno, sentirme completo al fin es incluir en mi plenitud aquellos demonios que me poseen a veces y que no son yo, que no forman parte de mi ser? Es pues una plenitud en la que sobran algunos demonios?

Sin duda, los demonios no son los únicos yoes que me poseen o influyen de vez en cuando. Me constituyen con frecuencia otros personajes, mis yoes, o roles, o máscaras que me pongo para funcionar en éste o aquél ambiente: ahora soy profesor, ahora soy seductor, después soy estratega, después seré confidente, ayer fui un compasivo amigo. Todos esos personajes que me constituyen son yo mismo, la parte alta de mi edificio, la que está expuesta a la luz del sol; tan parte de mi edificio, de mí mismo, como los sótanos sobre los que está construido. Hay también intrusos viviendo en la parte alta? Sin duda será también así. Pero su descubrimiento y mi encuentro con ellos son otra historia.

Lo divertido es que muchas veces yo soy quien no soy, que muchas veces me posee un personaje, ángel o demonio, que no es mío, que se ha colado de rondón o que es un mero habitante temporal de mi casa.

Volver a mis infiernos.

La tercera vez que descendí a mis infiernos fue buscada, yo quería de nuevo encontrarme con mis demonios, saludarlos.

Elegí otra vez una sesión de ingesta colectiva de ayahuasca, con la presidencia de un gurú que finge no serlo para darse un aura de intangibilidad y una protección contra quienes se previenen de torticeros gurús y falsos maestros del espíritu. Y con algunos de sus sus auxiliares, que hacían de cuidadores.

Bajé alegre y voluntarioso. Y allí estaban mis diablos, pues desde que me fueron presentados como mi otro yo mismo dejaron de ser demonios: ya no podían poseerme, sino simplemente hacer muchas maldades, mil diabluras, que sin duda hacen y harán mientras yo viva.

También en esta ocasión mis sentidos dejaron de percibir un mundo para percibir otro, el mundo que percibe la consciencia expandida. Pasé de la experiencia ordinaria a la experiencia expandida. Más esta vez estuve continuamente haciendo excursiones a la experiencia expandida, iba y venía desde mis infiernos a la sala de la toma. A lo mejor para cerciorarme de que las dos realidades estaban contiguas, una dentro de la otra, y, sobre todo, que yo estaba en ambas a la vez.

Estaban. Se sorprendieron al verme, sobre todo al verme ir hacia ellos alegre y contento. Se enfadaron. Mi alegría los enfurecía, quisieron de mil maneras asustarme. A mi me resultaban cómicos, divertidos, feos, algo inconsistentes y más reales que jamás. Los abracé. Uno a uno. Por turnos. Se resistían, ululaban, me amenazaban e intentaban zafarse de mi abrazo; todo en vano, mis sarmentosos brazos se ceñían a su confusa y desdibujada cintura. Eran míos. Me divertí al abrazarlos, al reconocerlos como yo mismo.

Quienes me vieron desde fuera, desde el cuidado y la atención que nos prestaban a los tomadores de ayahuasca de esa noche, me contaron que estuve bailando una danza curiosa y divertida, que me arrastraba y retorcía continuamente por el suelo, una y otra vez. Parece que yo era una mezcla de serpiente y pulpo fuera del agua, pugnando por respirar o tal vez por encantar a alguien con mi danza.

Salí de la danza renovado, consciente de mí mismo, reconociéndome incrédulo en el amor que brotaba de mí hacia mis propios infiernos. Me di cuenta que las únicas formas de no proyectar sombra son no existir o vivir permanentemente en las tinieblas: mi oscura sombre estaba allí porque yo estaba en la luz, y era fuerte porque la luz era intensa.

Esa noche me dejó un regusto de placer inexplicable y atractivo, que me llama una y otra vez.

Tal vez por esa llamada he vuelto varias veces a mis lóbregas mazmorras, a mis particulares sombras y negruras. Sin embargo mis posteriores visitas al reino de la noche, de mi noche, no han vuelto a ser tan intensas, ni tan terribles, ni tan placenteras. Sin duda han perdido ya el sabor de la aventura y el interés de lo nuevo.

Pero me siento, por fin, un hombre completo y pleno. Con una plenitud transitoria, pues parte de quienes soy, de quienes forman mi plenitud, son personajes que tan solo están de paso, que acabarán por abandonarme. En todo caso me siento el Señor de mí mismo. Quizás por eso ha dicho el profeta de Allah: Quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor.”

Abu Fran.

(1) La existencia de seres “espirituales” o de otros mundos que poseen o se introducen en el interior de los seres humanos está presente en numerosas mitologías de múltiples culturas, tanto pretéritas como actuales. Sirva de ejemplo el pseudomito actual de los Reptilianos, quienes, como los demonios, se introducen en los humanos -a veces varios reptilianos en un solo ser humano- y se alimentan de su sufrimiento.
Lo que a mi personalmente me induce a sospechar este conjunto de mitos es la universalidad de la experiencia en la que sin duda se asientan. La diversidad de mitos para referirse a un mismo tipo de experiencia se debe solamente a la diversidad de culturas y a la falta de referentes filosóficos o culturales de quienes lo experimentan.

(2) Los sufís se refieren con frecuencia a “la copa” o “el vino” para hablar metafóricamente de lo que les permite el contacto con la divinidad. El conocido poeta y seik sufí Jalaludin Rumí se refiere a esa bebida como “el vino que nuestra religión no prohíbe”. Si tenemos en cuenta que Rumí era musulmán hemos de concluir que dicho “vino” es una sustancia que no contiene alcohol, pero que indudablemente produce una embriaguez mística (como los mismos sufís afirman en muchos de sus escritos).
Numerosos antropólogos afirman que dicha bebida mística probablemente estaba confeccionada con hachís, opio o ruda siria. El uso que actualmente hacen en algunas Tarikas sufís de la orden Fatimiya de una bebida análoga a la ayahuasca, a base de ruda siria y mimosa hostilis, confirman dichas investigaciones. http://realitysandwich.com/76773/fatimiya_sufi_ayahuasca/

(3) Un amplio número de antropólogos y etnólogos se refieren a los enteógenos que se ingieren en rituales chamánicos y religiosos como la “comida de los dioses” y términos análogos. Personalmente prefiero siempre hablar de diosas en lugar de dioses, porque estimo que ya es hora de ir modificando la base patriarcal de la mentalidad actual de muchos de nosotros.
En las mitologías que sustentan este tipo de rituales esas sustancias se ingieren para conectar con los espíritus o con los dioses; en otras ocasiones son los mismos dioses o entidades espirituales (como Pachamama) quienes ponen a disposición de los humanos estas sustancias para que puedan conseguir determinados fines.

(4) En el mundo latino de la antigua Roma las Parcas eran las personificaciones del destino (también llamado fátum, hado o sino). Controlaban el metafórico hilo de la vida de cada mortal y de cada inmortal desde el nacimiento hasta la muerte.

(5) En la mitología griega, Tántalo era un hijo de Zeus y la oceánide Pluto. Se convirtió en uno de los habitantes del Tártaro, la parte más profunda del Inframundo, reservada al castigo de los malvados, como castigo personal por varias ofensas que infringió a los dioses.

 

ENTRAR EN LA AYAHUASCA

Lo primero que experimenté fue la ETERNIDAD. De primera mano, no como idea sino como experiencia inequívoca. Estaba allí desde SIEMPRE, sin tiempo, sin espacio, sin historia, sin recuerdos de ningún tipo, sin cuerpo, sin yo, sólo conciencia…¡¡¡ETERNIDAD!!!

No podía siquiera pensar en términos temporales. Era un presente continuo, eterno. Es difícil de explicar, pero cuando estás allí no tienes ninguna duda. Y decir ALLÍ es una forma de hablar limitada por el lenguaje, porque no hay ni un allí ni un aquí. Todo simplemente ES, eternamente.

Luego empezaron las visiones y -como buen budista que de repente recuerda las enseñanzas- supe que aquello era solamente mi mente, todo estaba en mi mente, aunque de alguna manera no dudaba de su realidad.

Más tarde, cuando estuve empezando a percibir los dos mundos a la vez -el real de allí y el real de aquí- REALICÉ que este mundo de aquí también es mi mente y únicamente está en mi mente. Lo viví tal cual, sin dudas ni sospechas, aunque una vocecita me preguntaba “¿cuál es el real y cuál no?”. Es lo que nos dicen en todas las religiones, que este mundo no es real, que es tu mente la que lo proyecta…, pues hasta que no lo experimentes en primera persona es pura teoría, parece algo puramente intelectual, realmente no se entiende, aunque te lo puedas creer y con bastante buena voluntad, intentar figurártelo a nivel mental.

Pero nada que te puedas imaginar con tu mente ordinaria es ni de lejos parecido a VIVIRLO “en tu propia piel”. Mientras estaba viajando entre los dos mundos me venía a la cabeza repetidamente la pregunta ¿en serio?” porque aquello que estaba experimentando era increíble. Volví del viaje con dos mensajes:

  • El primero era la respuesta a mi pregunta repetitiva y sonaba algo así: “Nada es en serio, nada va en serio. No te tomes nada tan en serio porque no lo es”.

  • El segundo mensaje era más o menos en la misma línea, pero algo diferente: “Nada es lo que parece“.

    No era algo nuevo, ya lo había leído muchas veces, y nunca lo había entendido de verdad, pero esta vez era diferente. Lo podía sentir a otro nivel, auténtico, podía SABERLO profundamente, de primera mano.

Los dos mensajes me han sido de utilidad en mi vida ordinaria, pues aunque ya estoy viviendo plenamente “aquí“, los tengo muy presentes, como unos semáforos, para guiarme en todo momento y situación de mi vida.

R.

LA AYAHUASCA ME HA SALVADO LA VIDA.

Hace poco más de dos años decidí realizar un retiro con toma de ayahuasca como último remedio a todo lo que ocurría en mi vida. Padecía dolores físicos tremendos que condicionaban mi vida desde hacía 20 años. La depresión también me acompañaba regularmente desde décadas. Había probado de todo, tanto en el campo de las terapias convencionales como en el de las terapias alternativas. Los terapeutas no sabían cómo ayudarme y se rindieron. Realmente, estaba desesperada.

Un día vi un documental sobre la Ayahuasca, algo me llamo la atención, y como ya no tenía nada que perder, decidí probarla. Me emociona recordar la primera vez que la tomé, fue tremendo. Aquella noche reviví un trauma relacionado con mi madre. Lloré, grité, vomité…, pero logré sacar y reconocer todo el dolor, la rabia e impotencia que llevaba acumulada en mi interior. Al final pude hacer las paces con mi madre y me deshice de un complejo de culpabilidad enorme que venia arrastrando desde hacia muchos años. A pesar de que fue muy duro, me resultó muy fácil entregarme a la experiencia porque desde que entré en proceso toda mi alma sabía, por fin, que había encontrado la medicina que me iba a sanar. Además, después de primer retiro me sorprendí pudiendo mover el cuello, cosa que no había podido hacer desde hacia meses, mi físico no se lo podía creer. Mis compañer@s de retiro me encontraban diferente, pues mi expresión había cambiado. Yo sabía que me quedaba mucho camino por andar y no dudé en seguir con los retiros con Ayahausca hasta eliminar toda la carga que llevaba acumulada. Quería sacarlo todo, absolutamente todo.

No quiero decir con esto que la Ayahuasca haga tu trabajo o que sea la panacea a todo problema. El trabajo es interior y personal, y lo tienes que hacer tú. La Ayahuasca te enseña, te apoya, te abriga, te da claridades, te abre la puerta para que mires, pero eres tú la que debes recorrer el camino. Hay que ser muy valiente y entregarte totalmente a la experiencia, y a recorrer el camino que te muestra. Tienes que querer sanarte de verdad. Eres tú quien luego debes decidir si aplicas lo que has comprendido gracias a la ayahuasca, porque la vida sigue con todas sus “complicaciones”. También cuesta acostumbrarse a esta nueva forma de percibir la “Vida” después de la experiencia.

Después de mi primer retiro decidí realizar un proceso interno y profundo asistiendo a nuevos retiros con ayahuasca cada tres meses, y ya he llegado a un punto en que apenas tengo dolores. Ya no necesito calmantes y he reducido mi dosis de ansiolíticos hasta un 80%.

El trabajo en tu conocimiento interior es personal e intransferible. Pero el acompañamiento, tanto en los retiros como en el nuevo caminar por la Vida, es fundamental. He tenido la suerte de integrarme en la asociación de Baraka Levante, en donde me he sentido apoyada, comprendida y valorada en todo momento. Siento una profunda gratitud por la manera en que nos apoyan, con todos sus conocimientos, experiencia y amor. Con mucha alegría y humildad. Los siento siempre a mi lado, tanto antes, como durante y después de los retiros. Están contigo. Sienten una verdadera vocación por apoyar a la gente para que encuentren su sanación y despierten su consciencia, y así, entre tod@s, vivamos en otro mundo más consciente. He tenido unos procesos personales tremendos, en donde necesité mucha atención y nunca me ha faltado. Espero seguir haciendo muchos retiros con ellos en el futuro, y caminar dentro de esta gran asociación.

Magdalena.