PLENITUD.

Deseo compartir mis más profundos sentimientos ahora.

He atravesado por momentos muy difíciles, en los que he querido morirme, destruirme…, y así lo hacía en mi día a día. Utilizaba mis PENSAMIENTOS y a veces mis actos…., dejándome llevar por mis emociones, hasta el punto de sentir ese dolor desgarrador en el pecho que me asfixiaba y no me dejaba respirar…, y es en ese momento cuando no quería existir, permitiendo que entrasen miles de pensamientos para nocivos y haciéndome daño una y otra vez.

Pues bien, desde hace unos meses y desde entonces he logrado claridad a todos esos estados de ánimo, de creencias y de maneras de vivir.

Ya he decidido coger las riendas de mi vida. Toda experiencia vivida a lo largo de mi vida hasta el día de hoy me ha hecho ver que todo está en Mi, que soy capaz de cocrear mi vida y hacerlo desde una paz interior, que me hace sentir cada instante como el momento más importante y maravilloso que me está sucediendo.

A lo largo de este periodo de cambio de consciencia he podido comprobar y ver mi estado mental y físico ayudada por sustancias enteógenas, las cuales me han permitido un despertar en mí. No quitándome mi mérito y entusiasmo por mejorar mi vida.

En estos momentos vivo una vida plena en la que cada día me siento cada vez más afortunada y agradecida. En la que me estoy dando la oportunidad de vivir y experimentar mis emociones desde el Amor, y eso me hace ser cada día más Feliz, y en la que incluyo situaciones que son también dolorosas, pero ahora esas situaciones las veo de crecimiento emocional.

A pesar de las circunstancias de mi alrededor, mi día a día está siendo un regalo, una fortuna que cada vez está creciendo más. Siento que hay más personas que están en mi barco y estas almas me aportan mucho en mi vida.

Por esto, por la gratitud y felicidad que siento, quiero compartir estas palabras para que sepáis que existe otra manera de ser y estar en la que en ocasiones no nos permitimos vivir.

Cómo ha expresado Pablo ese momento PRESENTE es esa calma en la mente y lo que hace vencer el miedo. Estar en ese momento es fabuloso, y a medida que lo prácticas estas más unida con el todo y con tu paz interior.

Gracias por leerme,

Gracias por sentir,

Gracias por ser,

Un ABRAZO familia.

Vanesa.

“Estamos en la era del miedo, del abandono, de lo efímero, de la distancia, de las huidas y sobre todo, de las de hacia delante con sumo terror, y del desencuentro.
Cuanto dolor tenemos, cuanto dolor generamos.
Siempre con creencias duales, dando valor a lo que no lo tiene y con baremos de injusticia y moralidades cuestionables.
Estamos en la era de la tecnología, de la ‘iglesiencia’ y su Inquisición, de las comunicaciones y del acumular conocimientos e información dispar, sí. Pero se pierde la sabiduría.
Es una era en la que sólo se fomenta la necedad, la mediocridad, la mentira, el prestigio a cualquier precio y la manipulación, y por consiguiente emerge el analfabetismo social, político y emocional: esto se llama; IGNORANCIA, que a su vez trae el desconcierto y por tanto la crispación.
Es la era del ‘ghosting’, de la imagen con fondos vacíos, del individualismo, del “yo y yo“, del aislamiento, de la soledad y de la incoherencia.
Es la era de l@s predicadores/as del desapego, del crecimiento personal sin sostenibilidad y de ‘sacadineros’ para privilegiad@s elitistas, que siguen las indicaciones del ‘yo es lo primero’, antes de aprender a contener y a acompañar.
Es la era donde se dan consejos, sentados en la mesa de los manjares, al/a hambrun@ para que contenga su hambre. Aún nos atrevemos a pedirle que aprenda a dominar su necesidad de ser alimentad@. (metáfora sobre la soledad, y… no tan metáfora para la miseria tan terrible que nos rodea de verdad)
Es la era de los mensajes sin abrazos, de voz sin gesto, de cuerpos ausentes, sin aromas, ni presencias.
La era del consumo de los cuerpos y los cadáveres emocionales.
Es la era de las relaciones líquidas, del sexo vacuo, del capitalismo de las emociones y de las tánato políticas.
Es la era del “no tengo tiempo”, de la frustración, de la autoexigencia, donde nada es suficiente y del “necesito estar sol@” para saber qué quiero, qué hago, quién soy, qué me pasa…
Es la era de la ceguera y de la venda en el corazón.
Y que equivocad@s estamos cuando nos aislamos. Sobre todo, cuando nos sentimos perdid@s y nos sentimos dañad@s y/o tristes.
¿No vemos, que en realidad, nuestra identidad, nuestra capacidad de autogestión y/o de abundancia y nuestro amor propio, se fortalezen en relación con l@s demás, a través de l@s demás?
Nuestras penas y alegrías, cuando son compartidas, aportan perspectiva.
Compartir, nos ayuda a tener una mirada más periférica y nos saca de nuestro Ego; evitando así, caer en el abismo de nuestro ombligo. Es cuando de verdad soltamos nuestras mochilas tan lacerantes.
La pista a la respuesta de todas esas preguntas, esas que nos amargan la existencia a veces, está en aceptar el desafío del espejo que otr@s nos muestran, y en la relación con los demás. Está en la coherencia que establezcamos en la construcción de nuestros vínculos, si son sostenibles o no, si son verdaderos y reales, o no.
Cuando los apegos son saludables y seguros, somos más libres y se nutre la autoestima.
Esas respuestas están cuando conectamos con las naturalezas, empezando por la nuestra. Esa que está hecha para socializar y apoyarnos mutuamente.
Las respuestas llegan, cuando entendemos el sentido simbiótico del vivir.
Cuando dejamos de vivir en cautividad, y al liberarnos, liberamos a otr@s. Y así es como empezamos a contagiárnos en ese arco iris de las formas coherentes en hacer camino; cuando nos ayudamos mutuamente de verdad, cuando contamos l@s un@s con l@s otr@s en ese rizoma lleno de vitalidad, y no abandonamos ni traicionamos a nuestr@s aliad@s.
Cualquier alianza es revolución. Cualquier relación que se cuide mutuamente, es revolución.
Crear colectivo es revolución.
A partir de ahí, cuando nos permitamos socializar en profundidad, se resolverán nuestras preguntas y muchas penurias (no todas, pero sí las del artificio de la mendacidad).
Y entonces, es cuando podremos conectar con el ‘todo’ y regresar hacia al recogimiento interior en paz. Entonces, cuando hemos soltado el lastre de la mentira, es cuando podremos alcanzar la gracia. Es cuando podemos hacer ese viaje en soledad y de verdad.
No digo que no tengamos nuestro instante de aislamiento para encontrar la paciencia y la paz. Pero sólo como “instantes conscientes” y solamente para recuperar el aliento, no para dejar de respirar ni para dejar a nada ni a nadie en la estacada ni atrás.
Una pausa, no debería convertirse en un hábito como excusa egoísta. Una pausa es la que nos debería servir para darnos impulso, para inspirar al coraje y no para alejarnos más.
Porque la solución no siempre es la misma para todo. Muchas veces, antes de irse también sirve quedarse y mirar de frente lo que se nos presente.
Todo tiene su contexto, es cuestión de escuchar nuestro interior con honestidad, con paciencia, con confianza y con sabiduría, para discernir cuando toca abrir los ojos o cuando toca cerrarlos.
La soledad enriquecida, se alcanza cuando nos conectamos con el ‘todo’. Y curiosamente, en esa consciencia es cuando nos damos cuenta que NO queremos estar sol@s, que no podemos y ni estamos sol@s. Y cuando nos damos un baño de naturaleza y de amor compartido, es cuando lo recordamos, y es cuando nos expandimos.
Porque esos pensamientos que nos llevan a actos como coger el camino del medio y del aislamiento, son sólo fantasías del miedo y de la ira, rabietas que esconden un profundo dolor. Son sólo formas que tenemos para defendernos cuando no hay amor y nos sentimos desamparad@s. Tomar conciencia de ello y rectificar, es revolución.
Estar en soledad y desconectar, se puede hacer, pero sólo cuando queremos alcanzar la conexión, (valga la paradoja). No sirve de nada si es para generar más dolor y soledad, tanto a un@ mism@ como a l@s demás.
¿queréis libertad, vivir bien, sentir alivio, felicidad, aventuras vitales y amar?
Yo creo que solo se quiere gozar y no mirar atrás, ¿verdad?
Así, ¿sin responsabilidad?
Así, ¿a lo más narcisista y egoísta, sin prufundizar?
PUES VAMOS MAL.
Empezemos por mirarnos dentro y observemos qué podemos ofrecer sin perder el centro, sin amedrentarnos cuando sintamos miedo.
Porque os digo ya, que vivir duele, nos guste o no. Y la vida lleva a la muerte como un destino hermoso, no como una maldición.
Lo importante de vivir, es ser conscientes de la muerte; y se vive entre el placer y el displacer.
Así que, vivir es arriesgar, es dar la cara, es ser honest@s y valientes siempre. Empezando con nuestras emociones y sentimientos, para luego ofrecer lo mejor de nosotr@s a l@s demás.
Antes de aprender a estar sol@s lo que tenemos que hacer es aprender a estar con l@s demás, a recuperar las habilidades sociales, a volver a socializar y permitirnos, que el colectivo nos hago el pulso tanto de nuestras luces como de nuestras sombras. (En el “Tú” está mi “Yo”)
Volver a reconectar con los elementos que crean cultura de los cuidados, es crear vida.
Vivir es cuidar y crear lazos de amor auténticos, aún en la distancia. Es adquirir un compromiso con la responsabilidad afectiva y el entorno, atendiendo a la única ley más suprema e importante del universo:
NI TE DAÑAS NI DAÑAS A L@S DEMÁS.
Vivir es saber lidiar con las penas y las alegrías, resolver los conflictos, reconciliarse, mirar a los ojos, perderse, y encontrarse, en la mirada de l@s otr@s.
Vivir es estar atent@s al detalle y estar presentes de forma lúcida y libre, siempre despiert@s y saber ver más allá.
Vivir es tocar, vivenciar, mojarse.
Nunca fue cuestión de ‘Amar’ (palabra denostada y demasiado fácil de decir); una palabra que pierde su significado y la vibración de su propio sonido al hablar tanto de ello con tanta vanidad. Es cuestión de querer amar, eligiendo una actitud de ofrenda por el arte de vivir y del arte de cuidar-nos.”
de MariCarmen Rodríguez ©®
@laeroticasocial La Erótica Social; El eslabón que somos

 

Descenso a mis infiernos.

Apenas Jesús desembarcó, le salió al encuentro desde el cementerio, un hombre poseído por un espíritu impuro… Al ver de lejos a Jesús, vino corriendo a postrarse ante él, gritando con fuerza: “¿Qué quieres de mí, Jesús, Hijo de Dios, el Altísimo?. ¡Te conjuro por Dios, no me atormentes!”. Porque Jesús le había dicho: “ Sal de este hombre, espíritu impuro!”. Después le preguntó: “¿Cuál es tu nombre?”. Él respondió: “Mi nombre es Legión, porque somos muchos”. Y le rogaba con insistencia que no lo expulsara de aquella región.

Evangelio de S. Marcos 5, 1 (1)

Mi primer descenso.

Aquel día me senté junto a ella, junto a mi compañera de vida y de camino, y ambos, desde una valentía que he visto en pocas personas, nos adentramos en los estados de consciencia expandida que proporciona la copa mística(2).

Solos ella y yo, sin cuidador ni guía, situación tan desaconsejable como atrevida, propia de la inconsciencia que suele adjudicarse a la juventud, pero que con frecuencia es la perla que adorna a quienes ya han vivido mucho. Sin duda vivir mucho tiene algo que ver con los años, pues no es posible vivir mucho en poco tiempo; sin embargo la mayor parte de quienes conozco que peinan canas son personas que han durado mucho, y parece que vivir es algo que les dio miedo o que se les olvidó por el camino.

Esa fue la primera vez en mi larga vida que descendí conscientemente a mis infiernos, y fue terrible. Mis demonios me asustaban, eran feos y horribles, despiadados y crueles, y, sobre todo, absurdos. Algunos llevaban sobre sus desnudos pechos su nombre tatuado, ora como si fuera a fuego, ora como una tenue neblina: Soberbia, Venganza, Sinrazón, Rabia, Astucia, Resentimiento, Impotencia, Poder, Cosificación, Deshumanización, Dominación, Sinsentido, Alienación, Perpetuación, Eternidad…

El dolor y el miedo me sobrecogieron y me arrollaron. Mi compañera, que también había ingerido la comida de las diosas(3), tuvo el valor de salir de su proceso como pudo para poder asistirme, para consolarme en un dolor que no tenía consuelo, para mitigar los efectos del terrible huracán que arrasaba mi isla, mi pequeña e insignificante existencia en esto que orgullosamente llamamos realidad.

Agradezco profundamente a mi compañera de experiencia su valentía al emprender su viaje junto al mío y junto a mí, su inmensa fuerza para salir de su propia experiencia para atenderme, su dedicación a mi desconsuelo, y su atención cuidadora y paliativa. Sin ella no habría salido indemne de mi excursión a los infiernos.

El viaje fue liberador, visitar los infiernos y ver de cara a los ángeles caídos fue tan terrible como liberador. Sin embargo no debí de quedar del todo liberado, pues el sentimiento de que no era suficiente era mayor que el sentimiento de liberación que siguió a la experiencia; y las ganas de volver al reino de las oscuras sombras comenzó a azuzarme desde el mismo instante en que volví al estado de consciencia ordinaria y me acompañó durante algún tiempo.

El segundo descenso.

La segunda vez que descendí a mis infiernos no sé si lo hice por soberbia, por la inconsciente llamada que se repetía desde algún lóbrego rincón de mi ser desconocido desde mi primer descenso, por dictado de las Parcas(4) o si fue la casualidad quien me llevó de nuevo a la morada de Tántalo(5). En todo caso no tenía elección posible, pues los Hados conducen a quienes se someten a ellos, pero arrastran a quienes se les resisten.

Recuerdo que en esa ocasión se nublaron mis sentidos, dejé de percibir cuanto me rodeaba, dejé de verlo, de oírlo y de sentirlo en mi piel. Y al mismo tiempo, y en una forma contradictoria y misteriosa, se expandieron mis sentidos: cuanto percibía formaba parte de otro mundo, de un mundo que no se muestra en los estados ordinarios de consciencia, pero que es tan real o más que aquél: el mundo de la experiencia expandida.

Creo que fue en Madrid, no estoy seguro. Era una toma colectiva de ayahuasca. Esta vez sí, con cuidadores, guías y acompañantes. Allí regresé al Tártaro, que hasta ese momento yo había creído que era universal y compartido.

Sin embargo me di cuenta pronto que lo que yo tomaba por el Tártaro era mi peculiar infierno, mi sótano, la parte oscura de mi morada cuya existencia conocía tan solo por referencias e historias que nunca acepté del todo. No lo podía creer, los cimientos de mi casa eran peor que la más pérfida mazmorra, negra, húmeda y llena de seres malolientes, pegajosos y malvados. ¡Esos eran los cimientos de mi casa, de mi castillo! Sin ellos todo mi ser se habría venido abajo.

La consciencia expandida nos juega esas malas pasadas: lo que creemos ajeno, todo eso que rechazamos, censuramos, condenamos y combatimos es en realidad nuestro sustento, lo que nos mantiene de pie. O al menos es lo que a mí me mantiene erguido, vivo. Y eso era lo que mi consciencia expandida me mostraba.

Descubrir que la fuerza que me sustenta es la oscuridad, fue de una luminosidad cegadora; entendí en ese mismo momento por qué al capitán de los ángeles caídos se le llama también Lucifer, el príncipe de la luz.

Aún hoy es muy confuso para mí, pero tan inexplicable como ineludible: si rascas un poco en mí, tras la hermosa piel encontrarás demonios pestilentes y voraces. Sin duda el descubrimiento había sido un regalo de las diosas, mis eternas guías.

La consciencia de que esta vez eran mis demonios (sin duda los mismos que visité antaño) me producía sin igual repugnancia, un asco que se convirtió en vómito repetido e insistente. Quise exorcizarlos, pero no se fueron; creo que jamás fui un buen nigromante. Qué remedio. Todavía revivirlo me produce náuseas.

No recuerdo bien cómo ocurrió, mas me resigné a su compañía y descubrí que no me acompañaba el miedo: eran míos, eran yo mismo y mi mejor opción era acostumbrarme a convivir con ellos (¿o debo decir con ellas?). También descubrí que Azrael, en ángel de la muerte, no les acompañaba, no estaba en ningún sitio; aunque no entendía, ni entiendo aún por qué, el descubrimiento era coherente con mi ausencia de miedo a la muerte, miedo que no recuerdo que me haya acompañado nunca; antes al contrario, he tenido siempre a la muerte como mi más constante acompañante, casi mi amiga.

Esa vez mi esfuerzo, el que una pequeña voz me indicaba continuamente que me convenía hacer, estuvo dedicado a aceptar a mis demonios, a las bestias infernales que constituyen mis entrañas. Por fin me percibía completo, con luces y con sombras, hermoso y repugnante, grandioso y miserable. Tan solo me quedaba digerirlo, lo que aún ando haciendo. Pero ya era un ser humano verdadero, completo, entero.

No solo el miedo a la muerte estaba ausente, tampoco estaba el demonio de la Culpa-Perdón, y eso ya no me resultaba coherente, pues en mi niñez y juventud arrastré la culpa por el placer que sentí de niño las veces en que fui abusado. Una culpa que influyó en mi comportamiento durante años. No eran míos esos demonios?

Es posible que algunos de los demonios que viven en mi sótano estén solo de paso, que no sean habitantes de la casa sino meros invitados? O tal vez ocupas? Entonces sentirme pleno, sentirme completo al fin es incluir en mi plenitud aquellos demonios que me poseen a veces y que no son yo, que no forman parte de mi ser? Es pues una plenitud en la que sobran algunos demonios?

Sin duda, los demonios no son los únicos yoes que me poseen o influyen de vez en cuando. Me constituyen con frecuencia otros personajes, mis yoes, o roles, o máscaras que me pongo para funcionar en éste o aquél ambiente: ahora soy profesor, ahora soy seductor, después soy estratega, después seré confidente, ayer fui un compasivo amigo. Todos esos personajes que me constituyen son yo mismo, la parte alta de mi edificio, la que está expuesta a la luz del sol; tan parte de mi edificio, de mí mismo, como los sótanos sobre los que está construido. Hay también intrusos viviendo en la parte alta? Sin duda será también así. Pero su descubrimiento y mi encuentro con ellos son otra historia.

Lo divertido es que muchas veces yo soy quien no soy, que muchas veces me posee un personaje, ángel o demonio, que no es mío, que se ha colado de rondón o que es un mero habitante temporal de mi casa.

Volver a mis infiernos.

La tercera vez que descendí a mis infiernos fue buscada, yo quería de nuevo encontrarme con mis demonios, saludarlos.

Elegí otra vez una sesión de ingesta colectiva de ayahuasca, con la presidencia de un gurú que finge no serlo para darse un aura de intangibilidad y una protección contra quienes se previenen de torticeros gurús y falsos maestros del espíritu. Y con algunos de sus sus auxiliares, que hacían de cuidadores.

Bajé alegre y voluntarioso. Y allí estaban mis diablos, pues desde que me fueron presentados como mi otro yo mismo dejaron de ser demonios: ya no podían poseerme, sino simplemente hacer muchas maldades, mil diabluras, que sin duda hacen y harán mientras yo viva.

También en esta ocasión mis sentidos dejaron de percibir un mundo para percibir otro, el mundo que percibe la consciencia expandida. Pasé de la experiencia ordinaria a la experiencia expandida. Más esta vez estuve continuamente haciendo excursiones a la experiencia expandida, iba y venía desde mis infiernos a la sala de la toma. A lo mejor para cerciorarme de que las dos realidades estaban contiguas, una dentro de la otra, y, sobre todo, que yo estaba en ambas a la vez.

Estaban. Se sorprendieron al verme, sobre todo al verme ir hacia ellos alegre y contento. Se enfadaron. Mi alegría los enfurecía, quisieron de mil maneras asustarme. A mi me resultaban cómicos, divertidos, feos, algo inconsistentes y más reales que jamás. Los abracé. Uno a uno. Por turnos. Se resistían, ululaban, me amenazaban e intentaban zafarse de mi abrazo; todo en vano, mis sarmentosos brazos se ceñían a su confusa y desdibujada cintura. Eran míos. Me divertí al abrazarlos, al reconocerlos como yo mismo.

Quienes me vieron desde fuera, desde el cuidado y la atención que nos prestaban a los tomadores de ayahuasca de esa noche, me contaron que estuve bailando una danza curiosa y divertida, que me arrastraba y retorcía continuamente por el suelo, una y otra vez. Parece que yo era una mezcla de serpiente y pulpo fuera del agua, pugnando por respirar o tal vez por encantar a alguien con mi danza.

Salí de la danza renovado, consciente de mí mismo, reconociéndome incrédulo en el amor que brotaba de mí hacia mis propios infiernos. Me di cuenta que las únicas formas de no proyectar sombra son no existir o vivir permanentemente en las tinieblas: mi oscura sombre estaba allí porque yo estaba en la luz, y era fuerte porque la luz era intensa.

Esa noche me dejó un regusto de placer inexplicable y atractivo, que me llama una y otra vez.

Tal vez por esa llamada he vuelto varias veces a mis lóbregas mazmorras, a mis particulares sombras y negruras. Sin embargo mis posteriores visitas al reino de la noche, de mi noche, no han vuelto a ser tan intensas, ni tan terribles, ni tan placenteras. Sin duda han perdido ya el sabor de la aventura y el interés de lo nuevo.

Pero me siento, por fin, un hombre completo y pleno. Con una plenitud transitoria, pues parte de quienes soy, de quienes forman mi plenitud, son personajes que tan solo están de paso, que acabarán por abandonarme. En todo caso me siento el Señor de mí mismo. Quizás por eso ha dicho el profeta de Allah: Quien se conoce a sí mismo conoce a su Señor.”

Abu Fran.

(1) La existencia de seres “espirituales” o de otros mundos que poseen o se introducen en el interior de los seres humanos está presente en numerosas mitologías de múltiples culturas, tanto pretéritas como actuales. Sirva de ejemplo el pseudomito actual de los Reptilianos, quienes, como los demonios, se introducen en los humanos -a veces varios reptilianos en un solo ser humano- y se alimentan de su sufrimiento.
Lo que a mi personalmente me induce a sospechar este conjunto de mitos es la universalidad de la experiencia en la que sin duda se asientan. La diversidad de mitos para referirse a un mismo tipo de experiencia se debe solamente a la diversidad de culturas y a la falta de referentes filosóficos o culturales de quienes lo experimentan.

(2) Los sufís se refieren con frecuencia a “la copa” o “el vino” para hablar metafóricamente de lo que les permite el contacto con la divinidad. El conocido poeta y seik sufí Jalaludin Rumí se refiere a esa bebida como “el vino que nuestra religión no prohíbe”. Si tenemos en cuenta que Rumí era musulmán hemos de concluir que dicho “vino” es una sustancia que no contiene alcohol, pero que indudablemente produce una embriaguez mística (como los mismos sufís afirman en muchos de sus escritos).
Numerosos antropólogos afirman que dicha bebida mística probablemente estaba confeccionada con hachís, opio o ruda siria. El uso que actualmente hacen en algunas Tarikas sufís de la orden Fatimiya de una bebida análoga a la ayahuasca, a base de ruda siria y mimosa hostilis, confirman dichas investigaciones. http://realitysandwich.com/76773/fatimiya_sufi_ayahuasca/

(3) Un amplio número de antropólogos y etnólogos se refieren a los enteógenos que se ingieren en rituales chamánicos y religiosos como la “comida de los dioses” y términos análogos. Personalmente prefiero siempre hablar de diosas en lugar de dioses, porque estimo que ya es hora de ir modificando la base patriarcal de la mentalidad actual de muchos de nosotros.
En las mitologías que sustentan este tipo de rituales esas sustancias se ingieren para conectar con los espíritus o con los dioses; en otras ocasiones son los mismos dioses o entidades espirituales (como Pachamama) quienes ponen a disposición de los humanos estas sustancias para que puedan conseguir determinados fines.

(4) En el mundo latino de la antigua Roma las Parcas eran las personificaciones del destino (también llamado fátum, hado o sino). Controlaban el metafórico hilo de la vida de cada mortal y de cada inmortal desde el nacimiento hasta la muerte.

(5) En la mitología griega, Tántalo era un hijo de Zeus y la oceánide Pluto. Se convirtió en uno de los habitantes del Tártaro, la parte más profunda del Inframundo, reservada al castigo de los malvados, como castigo personal por varias ofensas que infringió a los dioses.