“Estamos en la era del miedo, del abandono, de lo efímero, de la distancia, de las huidas y sobre todo, de las de hacia delante con sumo terror, y del desencuentro.
Cuanto dolor tenemos, cuanto dolor generamos.
Siempre con creencias duales, dando valor a lo que no lo tiene y con baremos de injusticia y moralidades cuestionables.
Estamos en la era de la tecnología, de la ‘iglesiencia’ y su Inquisición, de las comunicaciones y del acumular conocimientos e información dispar, sí. Pero se pierde la sabiduría.
Es una era en la que sólo se fomenta la necedad, la mediocridad, la mentira, el prestigio a cualquier precio y la manipulación, y por consiguiente emerge el analfabetismo social, político y emocional: esto se llama; IGNORANCIA, que a su vez trae el desconcierto y por tanto la crispación.
Es la era del ‘ghosting’, de la imagen con fondos vacíos, del individualismo, del “yo y yo“, del aislamiento, de la soledad y de la incoherencia.
Es la era de l@s predicadores/as del desapego, del crecimiento personal sin sostenibilidad y de ‘sacadineros’ para privilegiad@s elitistas, que siguen las indicaciones del ‘yo es lo primero’, antes de aprender a contener y a acompañar.
Es la era donde se dan consejos, sentados en la mesa de los manjares, al/a hambrun@ para que contenga su hambre. Aún nos atrevemos a pedirle que aprenda a dominar su necesidad de ser alimentad@. (metáfora sobre la soledad, y… no tan metáfora para la miseria tan terrible que nos rodea de verdad)
Es la era de los mensajes sin abrazos, de voz sin gesto, de cuerpos ausentes, sin aromas, ni presencias.
La era del consumo de los cuerpos y los cadáveres emocionales.
Es la era de las relaciones líquidas, del sexo vacuo, del capitalismo de las emociones y de las tánato políticas.
Es la era del “no tengo tiempo”, de la frustración, de la autoexigencia, donde nada es suficiente y del “necesito estar sol@” para saber qué quiero, qué hago, quién soy, qué me pasa…
Es la era de la ceguera y de la venda en el corazón.
Y que equivocad@s estamos cuando nos aislamos. Sobre todo, cuando nos sentimos perdid@s y nos sentimos dañad@s y/o tristes.
¿No vemos, que en realidad, nuestra identidad, nuestra capacidad de autogestión y/o de abundancia y nuestro amor propio, se fortalezen en relación con l@s demás, a través de l@s demás?
Nuestras penas y alegrías, cuando son compartidas, aportan perspectiva.
Compartir, nos ayuda a tener una mirada más periférica y nos saca de nuestro Ego; evitando así, caer en el abismo de nuestro ombligo. Es cuando de verdad soltamos nuestras mochilas tan lacerantes.
La pista a la respuesta de todas esas preguntas, esas que nos amargan la existencia a veces, está en aceptar el desafío del espejo que otr@s nos muestran, y en la relación con los demás. Está en la coherencia que establezcamos en la construcción de nuestros vínculos, si son sostenibles o no, si son verdaderos y reales, o no.
Cuando los apegos son saludables y seguros, somos más libres y se nutre la autoestima.
Esas respuestas están cuando conectamos con las naturalezas, empezando por la nuestra. Esa que está hecha para socializar y apoyarnos mutuamente.
Las respuestas llegan, cuando entendemos el sentido simbiótico del vivir.
Cuando dejamos de vivir en cautividad, y al liberarnos, liberamos a otr@s. Y así es como empezamos a contagiárnos en ese arco iris de las formas coherentes en hacer camino; cuando nos ayudamos mutuamente de verdad, cuando contamos l@s un@s con l@s otr@s en ese rizoma lleno de vitalidad, y no abandonamos ni traicionamos a nuestr@s aliad@s.
Cualquier alianza es revolución. Cualquier relación que se cuide mutuamente, es revolución.
Crear colectivo es revolución.
A partir de ahí, cuando nos permitamos socializar en profundidad, se resolverán nuestras preguntas y muchas penurias (no todas, pero sí las del artificio de la mendacidad).
Y entonces, es cuando podremos conectar con el ‘todo’ y regresar hacia al recogimiento interior en paz. Entonces, cuando hemos soltado el lastre de la mentira, es cuando podremos alcanzar la gracia. Es cuando podemos hacer ese viaje en soledad y de verdad.
No digo que no tengamos nuestro instante de aislamiento para encontrar la paciencia y la paz. Pero sólo como “instantes conscientes” y solamente para recuperar el aliento, no para dejar de respirar ni para dejar a nada ni a nadie en la estacada ni atrás.
Una pausa, no debería convertirse en un hábito como excusa egoísta. Una pausa es la que nos debería servir para darnos impulso, para inspirar al coraje y no para alejarnos más.
Porque la solución no siempre es la misma para todo. Muchas veces, antes de irse también sirve quedarse y mirar de frente lo que se nos presente.
Todo tiene su contexto, es cuestión de escuchar nuestro interior con honestidad, con paciencia, con confianza y con sabiduría, para discernir cuando toca abrir los ojos o cuando toca cerrarlos.
La soledad enriquecida, se alcanza cuando nos conectamos con el ‘todo’. Y curiosamente, en esa consciencia es cuando nos damos cuenta que NO queremos estar sol@s, que no podemos y ni estamos sol@s. Y cuando nos damos un baño de naturaleza y de amor compartido, es cuando lo recordamos, y es cuando nos expandimos.
Porque esos pensamientos que nos llevan a actos como coger el camino del medio y del aislamiento, son sólo fantasías del miedo y de la ira, rabietas que esconden un profundo dolor. Son sólo formas que tenemos para defendernos cuando no hay amor y nos sentimos desamparad@s. Tomar conciencia de ello y rectificar, es revolución.
Estar en soledad y desconectar, se puede hacer, pero sólo cuando queremos alcanzar la conexión, (valga la paradoja). No sirve de nada si es para generar más dolor y soledad, tanto a un@ mism@ como a l@s demás.
¿queréis libertad, vivir bien, sentir alivio, felicidad, aventuras vitales y amar?
Yo creo que solo se quiere gozar y no mirar atrás, ¿verdad?
Así, ¿sin responsabilidad?
Así, ¿a lo más narcisista y egoísta, sin prufundizar?
PUES VAMOS MAL.
Empezemos por mirarnos dentro y observemos qué podemos ofrecer sin perder el centro, sin amedrentarnos cuando sintamos miedo.
Porque os digo ya, que vivir duele, nos guste o no. Y la vida lleva a la muerte como un destino hermoso, no como una maldición.
Lo importante de vivir, es ser conscientes de la muerte; y se vive entre el placer y el displacer.
Así que, vivir es arriesgar, es dar la cara, es ser honest@s y valientes siempre. Empezando con nuestras emociones y sentimientos, para luego ofrecer lo mejor de nosotr@s a l@s demás.
Antes de aprender a estar sol@s lo que tenemos que hacer es aprender a estar con l@s demás, a recuperar las habilidades sociales, a volver a socializar y permitirnos, que el colectivo nos hago el pulso tanto de nuestras luces como de nuestras sombras. (En el “Tú” está mi “Yo”)
Volver a reconectar con los elementos que crean cultura de los cuidados, es crear vida.
Vivir es cuidar y crear lazos de amor auténticos, aún en la distancia. Es adquirir un compromiso con la responsabilidad afectiva y el entorno, atendiendo a la única ley más suprema e importante del universo:
NI TE DAÑAS NI DAÑAS A L@S DEMÁS.
Vivir es saber lidiar con las penas y las alegrías, resolver los conflictos, reconciliarse, mirar a los ojos, perderse, y encontrarse, en la mirada de l@s otr@s.
Vivir es estar atent@s al detalle y estar presentes de forma lúcida y libre, siempre despiert@s y saber ver más allá.
Vivir es tocar, vivenciar, mojarse.
Nunca fue cuestión de ‘Amar’ (palabra denostada y demasiado fácil de decir); una palabra que pierde su significado y la vibración de su propio sonido al hablar tanto de ello con tanta vanidad. Es cuestión de querer amar, eligiendo una actitud de ofrenda por el arte de vivir y del arte de cuidar-nos.”
de MariCarmen Rodríguez ©®
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